Querida Madame Proust,


Cuando me visitan las alumnas de la Escuela de Traducción para Señoritas de mi querida amiga Madame de Malarrama (tan estricta como borracha, por otro lado), con frecuencia me confiesan que las mañanas y las tardes se les pueden pasar en un suspiro florentino de contemplación de la belleza. Yo les digo que lean A la sombra de las muchachas en flor, y así se prevengan de pintores, escritores, y otros mentecatos aprehendores de la belleza futil. Pero absurdamente prefieren no hacer nada, jugar con adminículos electrónicos, o, como me dijo una muy vivaracha y locuaz, procastinar. Sinceramente, pensé para mi horror que era algo sexual, y sufrí entonces como sufre Marcel al vislumbrar, sospechar y soñar los amores de Albertina con Andrea.


Estas muchachas, he comprobado ahora, están sin embargo más adelantadas que yo. Cuán ingenua he sido al creer que ellas ya no habían disfrutado de Marcel. Madame de Malarrama me lo ha confirmado entre hipos de pastís: ¡les hace leer la Recherche a los siete años! Dice que les disciplina y que así aprenden a hablar francés sin enseñar los dientes. Una señorita nunca enseña los dientes, como bien sabe usted, y mucho menos al hablar francés.


Marcel habla de sí mismo y su contemplación perpetua:


…acaso esa costumbre añeja del aplazamiento perpetuo, de eso que Monsieur de Charlus infamaba con el nombre de procastinación, había llegado a ser tan general en mí que se apoderaba también de mis sospechas celosas…


Suya,
Madame de Borge

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