– la cena de gala de la semana se celebraba en el Grosvenor House Hotel, como decía en la primera entrega. La cena era de etiqueta, y el protocolo decía que se debía vestir chaqué negro y pajarita. Pero al parecer se daba una opción a segundones, y para adaptarme a ello tuve que comprarme una corbata negra, para lo cual había visitado Zara la semana anterior (¿se les ocurre un sitio con más modelos de corbatas negras? Yo creo que no lo hay). El chaqué lo sustituí por un elegante traje negro entallado de raya diplomática, y con una camisa blanca de gemelos ya iba tan preparado para que me dieran de cenar como para servir las mesas cual funcional camarero pingüino. En el salón en que estábamos habría unas cincuenta mesas de doce a catorce comensales, pero, por lo que me dijeron, la cena en sí suponía más salones con más celebraciones, hasta un total de unas cinco a seis mil personas cenando a la vez en el dichoso hotel, cuyas infraestructuras para esa noche no pretendo imaginar. Estas cenas tan multitudinarias, estos banquetes que van más allá de la más enorme boda que imaginar pudiéramos, no suelen tener unos menús que destacaríamos, pero no recuerdo que fuera nada mal. Estuvimos en una mesa toda (a excepción de una señorita china) hispanoparlante, con españoles, dos de ellos residentes en Londres, otros viajados allí para la ocasión, y sudamericanos (que mantuvieron a M en permanente conversación). Lo más absurdo de la cena tiene lugar al final. Resulta que el acto termina con unos estupendos discursos de un invitado y un mandamás del LME, que durante unos minutos glosan los logros del año, comentan la situación, hacen chistes de hablar en público tan del gusto de los anglosajones, da lo mismo que reciban un Óscar o sean padrinos de boda. Los discursos se proyectan en varias pantallas enormes en cada salón. Bueno, pues la tradición indica que cada comensal de cada mesa debe apostar 20 libras para tratar de adivinar la duración exacta de los discursitos de marras. Suelen ser dos discursos, la apuesta se resuelve por mesa, y el dinero se divide en dos, la mitad del dinero para cada ganador de la duración de cada discurso. Tal vez fuera una vieja táctica para conseguir que la gente estuviera callada durante los discursos, claro. El personal no atendería, pero estaría pendiente del reloj por aquello de llevarse la nada despreciable cantidad de hasta 240 libras en caso de acertar (o acercarse lo más posible) la duración de los dos discursos. Pero ahora resulta un tanto estúpida, sobre todo porque lo importante de la noche, aquello de lo que habla todo el mundo, lo que llena los minutos, es simple y llanamente intentar adivinar quién va a hablar este año, cuánto duraron los discursos el año pasado, si va a tocar que hablen en tu salón o en otro. Un tanto patético, sobre todo cuando hacen cosas como este año, en que hubo… ¡tres discursos! Coño, la china ganó en nuestra mesa, pero que yo sepa todos escribimos dos duraciones de discurso, y no sé yo cómo decidieron repartir la pasta. Ah, como me toque el año que viene (que no vendré) me hago banca y ya veremos quién decide. ¿Los discursos en sí? Pues una sosez, claro. Uno se puso especialmente gracioso, empezó a decir que había problemas con la cotización de los aros de cebolla, luego dijo que los Estados Unidos eran maravillosos y que mentes tan preclaras y democráticas como las de Clinton, Obama y McCain lo demostraban (mientras que en Rusia tienen a… Putin, y en China ni eso), y que el capitalismo no estaba muerto, ni hablar. La gente se reía porque hacía chistes y tal, pero meterse en ferias del metal con chinos y rusos no parece la mejor manera de hacer ni mundo ni negocios. Aunque claro, en nuestro caso, el muy cabrón con lo que se enrolló le dio el triunfo a la china de la mesa, que sonreía feliz con sus sterling pounds frescas en la mano y demostró que con paciencia china sí que se saca dinero de Occidente.

 
– el momento más bizarro de la semana sin duda tuvo lugar en The Sanctuary, nombre de una de las calles cercanas a la abadía de Westminster. Se trata de un patio superviviente del gótico inglés (dense cuenta que el Londres histórico que casi todo el mundo conoce es un Londres del siglo diecinueve, ya que casi todo el resto excepto la Torre y algunos edificios de Westminster ha sido objeto de incendios a tutiplén), con una entrada general, y con entradas particulares a cada casa. Nuestro edificio, lógicamente renovado, tenía cinco plantas pero era bastante angosto. Se trataba de la sede del trader que nos había cursado la amable invitación a la semana. La recepción se desarrollaba en al menos tres de las plantas, y en la primera es donde se iniciaba… con la entrega en mano de un bloody mary por parte de una señorita británica en bikini… La señorita en cuestión formaba parte de un grupo de cinco jovencitas de apenas veinte años y muy pocos kilos (excepto una, del tipo jamona), cada una con un bikini de diferente color, decorado con colgantes de pequeñas orlas y que sobre su muy blanca piel llevaban un collar de inspiración oriental. Era interesante ver cómo las chicas preparaban los bloody mary en cocteleras que meneaban coreografiando sus movimientos mientras las orlas de sus vestimentas escasas hacían frufrú, servían las copas, y posteriormente, introducían un tallo de apio verde, fuerte, consistente y grueso en el cóctel. El apio sirve para rebajar el picante. Debería morderse tras cada sorbo. Ñam. Ñaca. Los prebostes de la empresa, en su gran parte viejos caballeros ingleses que debieron conocer el imperio y hacer la guerra (del catorce), sonreían con cierta delectación, comentaban sutilmente procaces que la crisis también había llegado a las chicas dada la excelente calidad del año pasado, y pretendían ser convincentes cuando con un pequeño gesto de la comisura de los labios insistían susurrantes en que las chicas son las oficinistas habituales. JA JA JA. Muy gracioso todo, oigan, nada salido de lugar, ¿éste es el país de Benny Hill, no?

Luego nos comentaron que las chicas iban vestidas así por ‘culpa’ de la mujer del gerente. Me explico: dicha buena señora debió escandalizarse un año al asistir a tan magno acto y descubrir que las chicas iban tan poco vestidas como ahora, pero en vez de telas usaban pieles. Es decir, cuero. Algo que, como pueden imaginar, es tan del gusto de los anglosajones… Bueno. Hay que pararse un poco a hablar de este gerente, un elegante gentleman que añade al tópico el tener cara de libidinoso (pelo plateado, sonrisa torcida, voz meliflua, piel rosada de cerdo). Este hombre fundó la empresa hace cincuenta años, estuvo a punto de venderla hace tres o cuatro, pero fue afortunado al no encontrar comprador, ya que en los dos últimos años la revalorización extrema del precio del titanio lo hizo de oro. Antes el coche de empresa ya era un Rolls Royce. Ahora simplemente debe ser el mejor modelo. Esta jornada de recepción es para él un bonito baño personal, ya que permite a sus invitados disfrutar del placer de comer en el jardín sus salchichas a la plancha. Perdón por decirlo tan brutamente, pero es literal. Una barata barbacoa instalada bajo una pequeña carpa (llovía) sirve a su propósito: se pone un delantal, corta salchichas por la mitad, deja que se tuesten e incluso que se torrefacten, y acto seguido los invitados cogen un pedazo de ese cerdo, lo amostazan bien, y aseguran degustar la mejor salchicha de su vida. No le vas a quitar la ilusión al abuelo, ¿no? Sería cruel con lo feliz que está ahí con su cerveza caliente mientras gira mecánicamente las salchichas hasta que se ennegrecen en todo su perímetro y longitud: ¡¡bastante fue prohibir el cuero en su fiesta, hijos de puta!! Y mientras, Mary Tudor, madre de los bloody mary, esposa de Felipe II, católica, recatada y fiera, está enterrada unos metros más allá, en la abadía que conseguimos ver por los pequeños ventanales de las oficinas, supongo que retorciéndose cada año un poquito más ante tanta lujuria anglicana culpa de su padre fornicador… El lunch terminaba con un buffet en el quinto piso, donde a pesar de la lluvia casi nos cocemos todos y nos sirven como protagonistas del plato en el cóctel de gambas. Todo transcurre sin más misterio. Las chicas ya no están, nos saluda el hijo del gerente –que, por supuesto, tiene cara de bobo-, M habla con los varios admiradores que tiene en la empresa…
Ay, qué bonita farsa está del dinero y el poder, y hasta qué fácil es embriagarse con ella, quedar seducido y no salir nunca de la red. No viven mal en este mundo irreal en que sin embargo se vuelven muy lúcidos a la hora de conservarlo. Capitalism is not dead, amigos. Otra cosa es cuánto de vivos estamos quiénes lo sustentamos.
Viaje realizado en octubre de 2008 (etapa iii de iii)

3 comentarios en “Algo tan del gusto de los anglosajones que no volveré a hacer (y iii)”

  1. Pedazo de párrafo final! Con la perspectiva que da el tiempo y la situación actual, parece que, si bien el capitalismo no ha muerto, sustentarlo no es fácil y a punto está de matarnos a todos 🙁

    (sí, los hijos de los geentes suelen tener esas caras que dices)

  2. matarnos, en efecto. Engullirnos sin remisión!!

    Mientras preparaba el post, ciertamente pensaba en los tres años y medio pasados y lo que han cambiado los discursos. Recuerdas que al inicio de la crisis se hablaba de que había que cambiar el modelo y todo eso? Ahora ya sabemos que eso no va a suceder, que el sistema se defenderá incluso hasta la autodestrucción…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *