Hasta diecisiete metros de profundidad en un pequeño lago entre enormes rocas de piedra bien pueden atesorar leyendas de pasión familiar sobre el agua de su espejo oscuro. Las piedras son hijas de las morrenas, rotas por un glaciar hoy sólo imaginado; son audiencia de águilas y buitres, del eco fantasmagórico de voces y gritos de vivos y muertos. Los árboles crecen sin restricción. Arriba, por encima de las rocas más altas de este circo inesperado, ligeras cascadas anuncian que no le falta agua a la Laguna. Que tampoco le falta a su hermano el Duero.


La Laguna Negra está lejos, aunque nos la han acercado a treinta metros de camino escaso gracias al asfalto que viene con el progreso. Impone el respeto de una soledad majestuosa al turista de zapato y deportiva, que goza de una linda pasarela de madera con promontorios fotográficos. Hay carteles, que todo lo quieren explicar. Que, por ejemplo, la laguna es origen de rutas para montañistas y geólogos, estudiosos de Urbión, amantes del Duero. Que Castilla no es siempre plana, que hay en su periferia picos de altura, que también los han hecho suyos los literatos. Siendo lugar tan hollado, arrebata aún su calma y tranquilidad, su apariencia virgen, su aspecto de invierno continuado del alma. Una lluvia fina que acompañe un paseo melancólico nos hace pensar en los hombres que la pudieran descubrir, cuyo esfuerzo debió ser mayor, sin conocer que tal placer estético les esperaba.


Al bajar se impone, siempre, un silencio. Esta vergüenza al saber que se ha mancillado un paraje sólo para los poetas, los tranquilos, los muertos. Que simplemente hemos satisfecho una curiosidad innecesaria, que un coche nos bajará cómodamente a una civilización de calefacción y luz artificial. Que ya no somos ni viajeros ni poetas. Tal vez esa vergüenza es la misma que ya no abandonaría nunca a los hijos de Alvargonzález al descender y ver el rastro de sangre de su padre muerto por una querencia de campos, y al que “en la laguna sin fondo, que guarda bien los secretos, con una piedra amarrada a los pies, tumba le dieron”.


Crónica publicada en Aux Magazine #38
Viaje realizado en junio de 2009
Distancia Cádiz – Laguna Negra: 935 km.

2 comentarios en “Agua impasible que guarda en su seno las estrellas”

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