Queridas Madames,


Ni Charles Swann, ni Odette, ni Madame de Verdurin ni la Princesa de Guermantes. El gran personaje de En busca del tiempo perdido es sin duda Monsieur de Charlus. Aristócrata, hermano del Príncipe de Guermantes, maduro, siempre bien vestido y decorado, altivo y arrogante como noble a la vieja usanza, Charlus es el gran personaje de Sodoma y Gomorra. Hasta ahora ha estado más o menos oculto, metiendo fichas de manera poco hábil al buen Marcel, pero es el cuarto volumen donde su naturaleza sodomita sale a la luz en todo su esplendor. Cierto es que ello sirve para desviar la atención de la mariconería del narrador tan habitual en El camino de Guermantes, aunque algo quede (Y un día que yo estaba esperando (…) abrí impaciente la puerta de mi cuarto y me encontré con un botones hermoso como un Endimión, de facciones increíblemente perfectas, que traía un recado a una señora que yo no conocía; no me digan que aquí no hay pluma no exenta de coña…)


Monsieur de Charlus atesora en una persona todos los comportamientos patéticos que Marcel debía observar en el ambiente de su época. No se libra de una, y supongo que así Marcel encontraría sus justificaciones. Llega a acosar a Mme. de Surgis con el objetivo de que le presente a sus atractivos hijos varones. Swann le llama un amigo delicioso. Resulta el centro de reflexiones claritas sobre el placer (los hombres pueden tener diversas clases de placeres. El verdadero es aquel por el cual dejan el otro). Monsieur de Charlus se enamora de un joven de comportamiento bisexual, y sufre por ello.Y se equivoca ante un hetero rival amable con su chico y le frunce el ceño y le considera rival. Hace de él, como manda el tópico, un ser de importante sensibilidad artística ligada a su desequilibrio. Pero, sobre todo, le convierte en objeto de un buen montón de bromas homofóbicas (algunas muy graciosas e incluso procaces, como cuando Mme de Verdurin da a los dos amantes habitaciones contiguas y les dice que no se priven si tienen ganas de hacer música) por parte del círculo burgués en el que se introduce durante su estancia en Balbec. Marcel es testigo de ello, y como narrador le trata al menos con comprensión, aunque no por ello parezca dejar de subrayar el mayor estilo de los círculos aristócratas, ni deje de hablar de vicio.


En un momento del libro, Marcel observa cómo su madre está reaccionando a la muerte de la abuela, y habla de una transformación: acaso la gran pena que, en una hija como era mamá, sigue a la muerte de la madre sino romper más pronto la crisálida, apresurar la metamorfosis y la aparición de un ser que se lleva dentro, y que, a no ser por esa crisis que hace quemar las etapas y saltar de un golpe los períodos, no habría sobrevenido sino más lentamente. Igual estoy leyendo demasiado subtexto, pero en esta bella transformación veo un trazo subcultural queer más claro que, qué sé yo, una metamorfosis kafkiana…


Suya,
Madame de Borge


(retrato de http://resemblancetheportraits.blogspot.com/)

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