Queridas Madames,


Son exactamente 36 páginas las que Marcel escribe de manera directa sobre los mariquitas bajo el título Primera aparición de los hombres-mujeres, descendientes de los habitantes de Sodoma que fueron perdonados por el fuego del cielo. Es el inicio de Sodoma y Gomorra y se trata sin duda de un impresionante capítulo sobre la visión poético-armarizada de la homosexualidad, que adquiere por momentos un carácter cosmogónico y que, permítanme, debería haber sido un texto fundacional tanto de los movimientos LGTB como, si me apuran, del psicoanálisis para tratar a los reprimidos sexuales. No por su valor social o científico, sino como texto histórico que además está tan bien escrito que alcanza una emoción sobre la que actuar y pensar. ¿Se dan cuenta que estamos en un libro supuesta cumbre de la literatura en su lengua? Desde luego estas páginas no estaban entre los textos seleccionados de En busca del tiempo perdido que nos enseñaron en nuestras refinadas escuelas.


En esta visión de un homosexual judío que se presenta a través de un personaje que no es ni una cosa ni otra, hay partes que desde nuestro salón de té sólo pueden incitarnos a la sonrisa: la biología absurda empeñada en encontrar el carácter femenino del hijo de Sodoma, o las comparaciones botánicas -literalmente, moscardones que polinizan orquídeas-. Pero otras, las que explican la realidad social del armarizado, por ejemplo, son lúcidas y trasladables cuando menos psicológicamente a otros tiempos no tan lejanos. En todo ello prima el sentido literario, muy manierista como casi siempre que Marcel describe, y con su constante flujo de conciencia en el texto.


Entiendo que el pobre Marcel no engañaba a nadie, claro. A algún lector incauto, tal vez. Estas páginas incluyen también una idealización del amor homosexual con ecos wildeanos (si se produce un encuentro verdaderamente afortunado para ellos, (…) su dicha, mucho más aún que la del enamorado normal, tiene algo de extraordinario, de selecto, de profundamente necesario), que no es extraño de leer en textos de la época respecto a la unión de caracteres artísticos en las que, oficialmente, no había nada más. Y por primera vez admite que judíos e invertidos tienen paralelismos: han aprendido a ocultarse y a reconocerse sólo entre semejantes.


Suya,
Madame de Borge




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