Ya sabíamos que los nórdicos, sobre todo los noruegos, son los reyes del negocio de los cruceros. Algo que seguramente parte de la ventaja de sus costas escarpadas, de fiordos e islas perdidas, pero con un buen fondo navegable. En Estocolmo hay multitud de muelles de salida de barcos, y entre ellos están estos gigantes que pueden incluso llegar a formar una línea de espera en la salida como en una autopista o una pista de aeropuerto. Yo vi el show a la tarde, supongo que porque hacen noche en mar camino de puertos cercanos del Báltico como Turku, Tallin, San Petersburgo o Copenhague. Recordé dos libros recientes, magníficos ambos, sobre o con cruceros: Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer, de David Foster Wallace (cuyo título lo dice todo, que es divertidísimo, y encima es cortito y cuesta medio real), y Las correcciones, de Jonathan Franzen (que es un tochón que va de mil cosas más, pero que tiene un estupendérrimo episodio en un crucero de lujo)

El suntuoso interior de la sinagoga de Estocolmo es el mejor sitio para que los judíos suecos hablen de la neutralidad sueca durante la Segunda Guerra Mundial, y las luces y sombras de su actitud ante el holocausto. Almacenan algún Schindler en su historia, y fueron refugio de muchos que huyeron de la solución final, pero les costó tiempo darse cuenta y no fueron demasiado comprensivos con algunos vecinos judíos… Hoy en día sus problemas en Suecia parecen en principio banales: el gobierno no les deja practicar la circuncisión sin presencia de un médico sueco, el gobierno les prohíbe la matanza de animales vivos y degollados para conseguir la carne según sus ritos… Pero lo que más les preocupa es el neonazismo y el racismo ante la inmigración, que en Suecia es fundamentalmente eslava, pero que como es costumbre, ya de paso afecta también a los judíos.

Semejante manera de promocionar los productos de merchandising del museo de la Universidad de Uppsala indica que sí, en efecto, los suecos tienen sentido del humor.

En el Museo Gustaviana, parte de ese entramado universitario de la ciudad de Linneo o Bergman, hay una no fotografiable sala de disecciones, uno de los primeros lugares donde se realizaron prácticas de este tipo sobre humanos con fines científicos/educativos. Pero no podía diseccionarse a cualquiera. No era honroso diseccionar mujeres (todos eran hombres entre los asistentes). Tampoco hombres que hubieran muerto en gloria de Dios, ya que éstos tenían derecho a pasar la eternidad íntegros. Tenían que ser ajusticiados o suicidados, gente no preparada para dormir en tierra bendita por los siglos de los siglos. Completado el experimento, una vez enseñadas sus vísceras, se consideraba que los dueños de dichos cadáveres habían cumplido con la sociedad, y entonces sí podían enterrarse en cristiano el cementerio.

Como supongo que no es normal que en siete días en Suecia vea hasta tres exposiciones y/o reuniones y/o exhibiciones de coches americanos de los cincuenta, perfectamente cuidados, y mostrados por seres de la raza humana dotados de muchos kilos, ropas de cuero, y bigotes de vikingo o bien voluptuosos labios rojos, tengo que pensar que la afición es grande por allá a estos aparatejos. La afición sin que falte la pasta que conlleva mantenerlos así. Verlos circular repentinamente y sin aviso, sin estar en manada, por las calles de Estocolmo, es una de esas sorpresas mágicas que a veces depara eso de mirar y ver lo que no ven los que están demasiado cerca.

Y no hacen las cosas en cualquier sitio, no. En la foto, el parlamento sueco está a la derecha, y a la izquierda se ve el palacio real y la torre de la catedral.

El Kungliga Dramatiska Teatern, más conocido como Dramaten, está en el centro de Estocolmo, como en las viejas y señeras capitales europeas: cerca de la Ópera, a un paseíto del palacio real, no muy lejos de ministerios, sedes del gobierno, parlamentos, otros edificios oficiales. No es que interese por eso, ni que sus dorados del exterior lo hagan especialmente atractivo. Es que es la casa en que mandó Ingmar Bergman durante 40 años. Que fue director de cine y televisión y guionista y ganó tres Oscar y eso le dio fama y tal, pero lo que le ponía era el teatro, tradición muy amada en Suecia (como dato absurdo, ahí está Henning Mankell, el muy sueco escritor de las aventuras del inspector Wallander, que es a la vez director del teatro nacional de Mozambique y yerno de Ingmar). El Dramaten se supone decorado con cierta gradilocuencia neoclásica y mucho atrezzo de viejas obras, pero no pude visitarlo: lo intenté un 20 de agosto y ya regía el horario de invierno. Sólo se podía visitar bajo guía los sábados a las tres…

El Dramaten, como medio Estocolmo, se ha quemado alguna que otra vez. Algunas de las esculturas usadas como atrezzo se salvaron y acabaron decorando una estación cercana de metro, que es absurdamente pop gracias a ello.

El funeral de Ingmar Bergman tuvo lugar dos días antes de intentar visitar el Dramaten.

Viaje realizado en agosto de 2007

2 comentarios en “Como en un teatro (y iv)”

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