El museo más atípico y espectacular de Estocolmo es el de la foto: Vasamuseet, o Museo del Vasa. El Vasa es un barco -impresionante- construido en el siglo diecisiete, botado en 1628, y que, al ser botado en la mismísima bahía de Estocolmo se escoró cuando le dio un pelín de viento y se hundió, con sus colores, sus cañones, y sus estandartes. Echó agua por las cañoneras como una ballena gigante, algunos tripulantes saltaron por la borda, otros quedaron atrapados, y la gloria del primer barco sueco con dos filas de cañones se hundió miserablemente. Un Titanic vikingo, vaya. Sólo que además estaba presente toda la realeza nacional que vio el desastre en primera fila, claro.

Tras el susto y la investigación, y recuperar sus cañones cincuenta años más tarde usando unos batiscafos originalísimos, se olvidaron del barco totalmente. En 1961 se sondeó la zona en su búsqueda y fue encontrado, muy bien conservado, y recuperado. Está ahora en un museo ejemplo del orden sueco a la hora de estudiar un asunto sistemáticamente.

Esto son más flores hermosas de los jardines de Linneo en Uppsala. Linneo fue un hombre devoto de su profesión de médico y botánico, especialidades que se estudiaban conjuntamente en aquellos tiempos ya que muchos médicos basaban sus recetas en sus conocimientos de las propiedades médicas de las plantas. De su objetivo por el conocimiento sólo pudo apartarle durante un tiempo el enamorarse hasta las cartolas de su mujer, una señora que casi llegó a los cien años y le dio varios hijos. Linneo era pobre, hijo de un ministro de la iglesia que quería que su hijo siguiera sus pasos y no aprobaba que estudiara cosas tan mundanas. El chico tuvo que ponerse a currar pero bien para tener guita para su matrimonio, y no le salió mal: consiguió su fama como médico en Estocolmo, solucionando algún problemilla de la corte real y adquiriendo así renombre. 

‘La divina’, que así la llamaban, descansa en su tumba de Skogskyrkogarden, cementerio al sur de Estocolmo. Coqueta o huraña aunque esté en los huesos, la Garbo ni muerta dice su edad. Aunque tenga un fan que adorne su lápida con un sencillo collar, o algún otro que humanizando demasiado su lápida sube una flor así como a medio cuerpo (yo no sé si es un detalle guarro o si Lubitsch hace todavía guiños desde el más allá). Ahora que los gusanos han hecho su festín con la carne que una vez fue la más perfecta en pantalla, su rostro ríe para siempre, ja. Pero los devotos, al llegar a un lugar así, nos persignamos con la religiosidad de los incondicionales. Al momento, ponemos diez sms a nuestras amigas más divinas para que enrojezcan de la envidia.

Vale, eché media lagrimita y todo. Chicos, ¡que estaba delante de Margarita Gautier! ¡¡De Anna Karenina!! ¡¡¡De Ninotchka!!! 

Desde el ascensor de Catalina (véase foto de la anterior entrada), Estocolmo ofrece esta visión curiosa. De fondo se observan las cinco torres más características de la ciudad, y el barrio que queda de frente es el Gamla Stan, el casco viejo todavía muy medieval y muy chulo y muy turístico y eso. Pero lo que llama la atención es este pegote de cemento que tenemos en primer plano, el llamado ‘Slussen’, que ni le ponen nombre de plaza ni nada. Su estructura de diferentes pisos y rotondas parece que tiene una explicación histórica: cuando Suecia cambió el sentido de la circulación (que antes era por la izquierda cual británicos y ahora es por la derecha cual seres civilizados), Estocolmo reformó esta plaza para ayudar a que el tráfico no fuera un caos. Yo no sé muy bien cómo se aclararían, que casi dan ganas de poner coches de juguete ahí para verlo, pero lo cierto es que actualmente el lugar es una clara barrera arquitectónica para andar entre el barrio viejo y el modernopetardoagradableycongaleríasdearte desde donde está tomada la foto. Cruzar de una isla a otra a pie en invierno y con los vientos siberianos que circulan por ese mar endemoniado tiene que ser una experiencia mística…

Hoy, en la serie ‘pequeñas casitas del Báltico’, destacamos las preocupaciones medioambientales de los suecos. Porque en el viajecito turístico por las islas de los alrededores de Estocolmo nos abrumaron con datos de salinidad y contenido químico de aguas, suelos, hígados de fauna marina diversa, etc. De los esfuerzos hechos para rebajarlo y demás. Como si en realidad diera más bien mal rollo el tener que vivir ahí, alejado del mundo y acosado por un mal peor que el del lago de Springfield. Así, la imagen de las barquitas casi idílicas de Como en un espejo, el pensamiento ese de que Ingmar Bergman envejecía sabio en su isla de Färo mientras veía por la ventana de su estudio cómo las olas asfixiaban la costa… se ve rebajado pensando en que se trata de un mar lleno de mierda…

4 comentarios en “Un verano con Greta (ii)”

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