En la isla de la ciudad de Estocolmo dedicada al ocio y esparcimiento está el Junibacken, museo dedicado a los personajes de Astrid Lindgren, que es la señora de la foto. Así, mayorcita (murió viejecita la señora) y rodeada de flores nos presentan a la señora que escribió Pippi Calzaslargas, para deleite de su hija y de los que la pudimos ver la serie de televisión de semejante personaje memorable en nuestra infancia. Un schanapps por la señorita Lindgren, ¡ar!

¿El museo? Un lujo de kitsch y color. Los niños lo adoran.










Linneo, el señor que se inventó los latinajos esos con los que los científicos denominan a las plantas y animales para entenderse entre ellos, nació hace 300 años, y, claro, los suecos lo celebran por todo lo alto. Porque resulta que el hombre era sueco: Carl Von Linne venía a llamarse, el ‘von’ se lo puso porque me lo condecoraron de famoso que llegó a ser (al menos no se lo puso él como si fuera director de cine). Fue profesor en Uppsala, donde se conservan y cuidan sus bellos jardines con más bellas flores. El hombre tuvo que pegarse con la ciencia de su época para demostrar que las plantas se reproducen sexualmente. Así que me puse tibio de sacar fotos de órganos sexuales, obsérvese. Las flores de la foto son generosas en este sentido. Y el abejorro ese viene a ser un… no sé, zoófilo no aplica, ¡no sé cómo llamarle!









El cementerio de Skogskyrkogarden, por extraño que pueda parecer, está declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Es un auténtico parque situado al sur de Estocolmo, donde tumbas y árboles se confunden, donde pasar un día agradable, donde hacer fotografías tan El tercer hombre como la que veis. Al parecer, en el día de Halloween lo iluminan con velas y la experiencia estética se convierte en estratosférica.









Muchas viejas ciudades europeas arrastran una historia de incendios y reconstrucciones. Estocolmo también, pero además ha contado con innumerables gobernantes deseosos de dar una nueva imagen a la ciudad pasando por destruir lo que ya existía. No es cosa reciente, no, incluso un rey del siglo XVI (un Gustav de los sopotocientos que tienen) decidió tirar todas las iglesias y construir nuevas a mayor esplendor de su reinado. En los años sesenta del siglo pasado tuvo lugar una de estas últimas reconstrucciones. Algunos viejos barrios con doscientos años de antigüedad fueron borrados del mapa y sustituidos por superestructuras del desarrollismo que, con los años, y como se dice en inglés, ‘have their appeal’. Un ejemplo es el Katarinahiss, o sea, el ascensor de la Catalina, que podéis ver en la foto.

No funcionaba, estaba decadente, sucio, y con zonas para que los homelesses suecos (que existen, siempre borrachos) pasaran las noches del sorprendentemente cálido agosto sueco. Pero por la noche tenía anuncios luminosos, y se le supone puente hacia el barrio de moderrrrrrrrrnas de la ciudad, claro.

Me gustan las ciudades con ascensores públicos. Sorprende tanto a muchos visitantes que existan…













Los señores ricachones de Estocolmo sueñan con tener una casita en las afueras, como en tantas y tantas ciudades de esta nuestra europa adinerada. En Estocolmo eso significa sobre todo hacerse con una propiedad en el ‘archipelago’, el conjunto de miles de pequeñas islas que prolongan la zona donde está situada la ciudad, la rodean y separan del mar báltico abierto. Así además cumplen su sueño de una casa de madera, que les recuerda a sus ancestros. Porque parece que en siglo XIX una normativa de Estocolmo prohibió terminantemente volver a construir en madera ninguna vivienda. Para evitar incendios, parece ser.


Viaje realizado en agosto de 2007
Distancia Hong Kong – Estocolmo: 8.226 km.



4 comentarios en “Sonrisas de unos días de verano (i)”

  1. Sí, yo tb quiero. Aunque no creo que aguantara la combinación de clima y aislamiento que se daría en el bonito invierno sueco. Sería todo un retiro, al mejor estilo de Bergman, eso sí!

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