El último día transcurre con conocimiento de causa. Un pequeño pasar por la fábrica y corregir últimos parámetros de la máquina. Una reunión de logística y compras. Todo va normal. Al mediodía volvemos hacia Hong Kong, tras despedirnos de nuestro traductor, tras despedirnos de nuestro chófer (tan mono…), pasar de nuevo la pesadilla fronteriza de tres autobuses y dos controles policiales más el absurdo de la papeleta en que juras por tu madre que no has fornicado con animales griposos, dejamos las maletas en las oficinas del agente, que las tiene en Wanchai, el megaespectacular distrito financiero repleto de rascacielos, y comemos en un excelente restaurante de comida jonkonesa. La zona invitaría al paseo si no fuera porque Hong Kong no resulta una ciudad agradable para ello:
       hace un calor del copón, 26 grados en febrero
       hay un mogollón de gente que lo flipas
       la ciudad está surcada de autopistas y continuos pasos a nivel que hacen del concepto paseo algo desagradable
       esto tiene más medios de transporte que Amsterdam, de modo que te puede atropellar un taxi (que para más inri conducen por la izquierda), un tranvía, un autobús, una bici, un funicular y hasta un barco.
Así que nos llevan de compras. Primero un mercado tradicional en la otra esquina de la isla (los taxis son tirados, por cierto) para hacernos con múltiples enseres para regalos. Caemos todos, porque el material tiene muy buena pinta y los precios son asequibles, y encima no hay gente. Después un centro comercial enorme, de lujos medios, donde comprar tecnología en forma de último grito de cámara de fotos (Hong Kong sigue siendo un mercado de prueba, aquí venden las primeras unidades de los productos japoneses y luego deciden si son modelos a vender worldwide), y donde arraso en una librería dado que el precio medio de todos los libros es nueve euros. Acá se descubre bien que los chinos son más guapos en Hong Kong que en Shenzhen, de modo que se puede concluir ineludiblemente que la pobreza no da morbo ni levanta la libido. Nos dejan en la terminal del tren que lleva al aeropuerto. Nos despedimos. Fotos. Besos. Bye bye, Love. Noto que la agente no gusta de la costumbre oscular de los latinos
Por supuesto, Cathay Pacific es incapaz de darnos las tarjetas de embarque de los vuelos en Europa, de modo que habrá que pasar por Iberia en Amsterdam. Claro que Cathay e Iberia pertenecen a Oneworld, vamos todos con tarjetas de puntos iberiaplusquetecagasdeloimportantecomoviajeroqueeres, y el vuelo a Amsterdam incluso tiene código compartido con Iberia. Montamos un pollo, ya teníamos ganas. Claro que no sirve para nada, salvo para enterarnos que el sistema informático de una de las compañías se llama Cupido. La muchacha del mostrador, otra china de aspecto refrágil, no entiende que me ría cuando le digo que ya que no conecta bien le podían cambiar el código a Cupido, ejem. Afortunadamente, decido no facturar. Otros lo hacen, basándose en eso de que se trata del viaje de vuelta y que ya no necesitan nada, y que para qué arrastrar peso…
El viaje es tranquilo, de madrugada, si bien somos evidentemente los cuatro pasajeros más ruidosos de toda la clase. A nosotros nos van a callar, ja. Dormimos bien. Aterrizamos en Amsterdam con adelanto. Una recia nórdica atiende la ventanilla de Iberia con un perfecto castellano. Usa subjuntivos, que ya casi no recuerdo lo que son. El avión a Madrid sale en hora, tenemos tarjetas de embarque. Nos da un plano, aterrizaremos en la nueva terminal. La T4.
Tenemos cincuenta y cinco minutos de tránsito.
En el avión: por megafonía nos dicen que el avión a Bilbao saldrá de la puerta K91, en la T4
En el avión: son incapaces de decirnos si llegaremos a la T4 ó a la T4S. Le informo a la azafata que he leído que si hay que cambiar de edificio aconsejan más de dos horas de tránsito. ‘Ah, ¿sí?’, responde. ‘Pues depende de lo que nos den cuando tomemos tierra, caballero’
En la terminal: llegamos a la puerta K88. Oh, albricias. Aena ha cambiado la gestión de Barajas. ¡¡¡Hacen las cosas con lógica!!! Sólo son tres puertas hasta la nuestra. Y casi habrá que empezar a embarcar ya.
En la puerta: voy a preguntar a las muchachas, que es raro que no esté el vuelo ya en la pantalla. ‘¿Qué vuelo dice, señor?’ ‘El de Bilbao’. ‘Ah. Nosotras no sabemos qué vuelo sale de cada puerta, señor’. ‘Ah, comprendo. Y qué hacéis exactamente?’ ‘Preparativos. Pero nos da igual el vuelo’. ‘¿Y el avión? No está en el finger’. ‘No sé, señor’. ‘¿Y las pantallas de televisión?’ ‘Por allí, señor’. Un gesto indefinido señala a una masa de gente a más de cien metros. Educada la niña, sí. Dejo las maletas junto a mis acompañantes queridos, y allá que me voy.
En la tele: compruebo que el vuelo ha sido cambiado de puerta a falta de treinta minutos no para el embarque, sino para el despegue, que se mantiene en su horario. H35, nueva puerta.
En el otro extremo de la terminal, por supuesto
La T4 no está pensada con lógica si lo que pretende Aena es seguir con su política de cambio de puerta en Barajas. Los aeropuertos actuales construyen sus terminales en forma de estrella, para acercar los medios a los aviones, pero también para facilitar el transporte interno en el edificio. En Barajas no. Se han hecho dos edificios de más de dos kilómetros de longitud. Dos kilómetros a recorrer exhaustos y tras toneladas de viaje encima hasta la nueva puerta… Atropellando viajeros, sacando la lengua, despotricando a grito en cielo del nuevo edificio, del sol que entra por las ventanas recociendo el lugar, de que seguramente no podían haber encontrado una puerta más lejana. Detrás de nosotros, más o menos la mitad de los jubildados del país, también en tránsito desde algún aeropuerto de la costa mediterránea española, perdiendo fuelle de continuo.
En la puerta: el vuelo está anunciado. Pero eso sí, a pesar de ser la terminal con más fingers del país, nos meten en un autobús enjaulados. Fuera hace frío pero sol. En el autobús da la luz y hay calefacción; vamos enlatados y sudando. Tengo la sensación de que mi ropa interior es de esparto.
En el avión: bronca de todos los jubiletas a azafatas y azafatos. No puede reproducirse, su lenguaje supera todas las expectativas de una sociedad moderna y avanzada como la nuestra. Los demás no decimos ni mú. Para qué, nunca seríamos tan contundentes.
En la terminal: me pillo un taxi al momento. Uno de los que ha facturado se pone directamente a la cola de las reclamaciones de Iberia. Efectivamente, el lunes me entero de que el equipaje no llegó.
Y es que se puede ir uno muy muy lejos, pero la vida, ay, la vida sigue igual.
Viaje realizado en febrero de 2006 (etapa iv de iv)

2 comentarios en “La terminal”

  1. "se puede concluir ineludiblemente que la pobreza no da morbo ni levanta la libido"

    Es sabido, pero me gustó.

    Y yo pregunto, ¿el humor que se respira en estos post se mantiene durante los viajes y sus correspondientes aventuras?

    Más… ¡Por favor!

  2. Sí se mantiene en general ese humor, suelo ser viajero de buena disposición y humor, aunque, qué duda cabe, algunos de esos momentos pueden ser estresantes. Es lo de siempre, no mola vivirlos, pero luego mola contarlos. Ahora, si encima de tener que vivirlos, resulta que te amargas, pues seguramente serás un brasas para ti mismo y para quien te acompañe, y no merece la pena.

    Habrá más, desde luego. Todavía me quedan vaaaarios viajes del pasado por recuperar! Y alguno por escribir, argh!

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