Consigo dormir estupendamente. Poco, claro está, pero reparador. Las camas del hotel son de los colchones más duros que imaginar se pueda, así que tras los baches continuados del día anterior se agradece sobremanera tener una superficie lisa de la que disfrutar. El trabajo en planta se sucede de manera similar al día anterior. Efectivamente, han dedicado toda la noche a resolver la cuestión ingenieril que no había funcionado. Las pruebas salen bien, aunque con los ya consabidos problemas de comunicación. Mi querido compañero de viaje empieza a agotarse de tener que explicarlo todo tres o cuatro veces. A la paciencia agotada se sume un calor ahora casi severo. Pero para la tarde todo parece funcionar bien a falta de unos cálculos finales, un saber mejor utilizar grandes cargas, unas estimaciones de adiciones. En la reunión general, todo parece ir bien, se llega a acuerdos, se enviarán documentos. Además, allí disponen de otro traductor, un colombiano de nombre Hugo, que habla un castellano e inglés estupendos, cosa que a los chinos no debe gustarles tanto, porque dicen que al no ser chino no les entiende a ellos lo que quieren decir. En fin. Falta una reunión mañana sobre logística y materias primas, y esto se puede dar por avanzadísimo.
Así que el gran jefe chino decide invitarnos a cenar chino de verdad en un restaurante del hotel. Y después, comenta, tendremos actividades culturales. A mí esto, sinceramente, me produce algún escalofrío. Me imagino que se tratará de un karaoke, dadas las tradiciones del país, o de una bolera, agasajo más habitual de lo imaginable por parte de muchos chinos a sus visitantes occidentales. Ambas cosas ya las había practicado, con gran regocijo por parte de mis anfitriones (quienes no eran capaces de reconocer mi falta de habilidad en tales actividades como una graciosa concesión a su hospitalidad), en visitas anteriores a China. La tercera posibilidad podría ser ‘putas’. Los orientales tienen fama de puteros, pero claro, esto de las putas… como que me pilla algo alejado de mi experiencia habitual…
Soy el último en llegar a la cena, debido a ciertos problemas de transporte que sería redundante describir de nuevo, y me alegro de ello porque así me he evitado el pasar por la sección de animales vivos donde los futuros comensales han podido escoger los bichos concretos y específicos que les van a servir. Han escogido al menos un pato (que estaba allí enjaulado con otros seres de su especie) y una serpiente o culebra. Al parecer fue lo único ya que el chino debió empezar a apuntar a un cocodrilo tailandés (a mí esto me suena a especie protegida, pero bueno…) y a unas tortugas, pero los occidentales que asistían al acto, nerviosos por el piar de los pollos y un tanto inquietos por la naturaleza inhabitual del lugar, torcieron el gesto. Que a mí todo esto me dijeron, que no lo viví yo… Lo malo de estas cenas especiales de los chinos es que se sueltan más con la comida, se atreven a las cosas que les gustan más sin obviar nunca que agasajan al visitante, y entonces es cuando se producen hecatombes gastronómicas, hasta el punto de que salvo una berenjena rellena de alto calado gustativo, el resto de cosas fueron algo tremendas, y me quedé a dos velas. Bueno, las sopas también están bien, siempre que no preguntes qué han añadido a ese caldo tan reparador. La serpiente viene cortada en pedazos contraídos y repletos de huesos interminables que los chinos se meten en la boca, sorben y chupetean y luego escupen en su bol (nadie lo hace al suelo, antes era lo acostumbrado). Si yo hago eso me empieza a sangrar la boca por varios puntos por efecto de los huesos asesinos de esta especie y de mi proverbial delicadeza epitelial. Nos sacaron ganso, que estaba como el pato lacado, pero algo más fuerte con una salsa difícil de digerir. Un pescado imposible de ser atrapado con los palillos, además de absolutamente cocido y sin sabor. Claro, venía con un platito de salsa para mojar, pero como se desmigaba todo, aquello acabó como piscina desbordada en colonia de verano, pero con más color. No es que la cosa fuera horrenda, como en Hunan, donde todo se cuece en pimiento picante inhumano. Pero tuve que decir que por favor por favor por favor sacaran algo de arroz, cosa que se puede pedir protocolariamente si es que uno se ha quedado con hambre. Único plato que además puede uno acabar sin tener la amenaza de que saquen mucho más, como con el resto de cosas. Me comí tres boles, vive dios. Se ponen a hablar de preparar comida. El jonkonés dice lo desagradable que le fue cierta ocasión cuando les dieron pato para comer, lo escogieron con sus hijos pequeños delante, y allí mismo el cocinero cogió el pato y le partió el cuello estrellándolo contra el suelo. El yanqui dice que él puede comer de todo menos perro porque probablemente su mujer le mataría si se entera. El jonkonés dice al día siguiente y cuando el yanqui no está que ya le vale a este de meterse con ellos por comer perro y luego dedicarse a bombardear países… cosa que no es que tenga mucho que ver, pero da una idea de lo que piensa de yanquilandia, me temo.
Lo peor parece avecinarse. La actividad cultural. Cambiamos de planta en el hotel. Nos llevan a un local donde nos reciben unas elegantes mujeronas, bien pintaditas y bien guapas, y nos introducen por una serie de pasillos cambiantes. Andan sinuosamente, con su vestido con cola contoneándose cimbreante. En algunas puertas abiertas podemos adivinar salones privados con mucho humo, con televisores…. Ayayayyyy…. Al menos, los pasillos no se van estrechando como si fuera a aparecer Maggie Cheung por una esquina con sus noodles recién comprados, pero la sensación es que quieren recrear esa mítica de los salones de opio de la vieja China. Llegamos a nuestro salón. Somos once personas. Y nos esperan once mujeres…
… para darnos un masaje…
…casto y puro salvo por el hecho de tratarse de una tortura continuada, un vil instrumento de venganza contra occidente, una burrada sádica disfrazada de paraíso muscular. Conste que empecé la actividad cultural con alto entusiasmo, movido por la leyenda que dice que un masaje chino es una experiencia inenarrable que, perdón por el tópico, te deja como nuevo. Lo primero que hacen es remangarte los pantalones, pedirte la bebida (recomiendan té, yo me lo pedí de jazmín, estaba atroz, hórrido y aberrante), y meterte los pies en agua recién dejada de hervir en noséqué alga o similar de color rojo. Entonces empiezan con la espalda. Uno no diría que estas delicadas nínfulas chinas, vestidas de chándal y sin maquillar, pero todas considerablemente guapas y con aspecto de cristal, pudieran desarrollar en sus falangetas semejante efecto pinza, cascanueces, tracción, ventosa, succión, etc… La cotización de mi comportamiento viril en las acciones de mi jefe sufrió un nuevo descenso; no parece un valor que vaya a repuntar. Me hacía un daño del copón, y a mí, que nunca me duele la espalda (cosa que agradezco no sé si a los genes o a la divina providencia, porque la verdad es que la trato fatal, me siento de cualquier manera, y cambio a posturas horribles que cualquiera que me haya acompañado al cine habrá visto con espanto y ganas de darme una colleja como a cualquier teenager que no sabe qué hacer con su cuerpo cambiante, ejem), no me gusta que me hagan daño por mucho que luego me prometan la felicidad máxima. Que no, coño. Que no creo en el s/m, el bondage, ni en la purificación por el dolor, ni en la santificación por el martirio. Que no crecí en el jesuitismo, letxes. Hay que considerar que la muy perra empezó a pasarme la punta de su delicado codo a toda velocidad por la mismísima columna vertebral, convertida así en un mecano sonoro y protestón, y que luego me soltó cuatro no papirotazos sino hostias profundas y directas con el antebrazo en ambos lados del cuello. Bueno, revolvíme en lo que me imagino que debe ser casi una ofensa, meneéme haciendo que mis riñones se negaran a continuar en semejante potro torquemádico, tapéme la cabeza con la toalla porque todos mis queridos compañeros jonkoneses y paisanos se descojonaban de mí a mandíbula batiente y empezaron a hacerme fotos de seis megapíxeles de resolución high tech y last generation, con el saludable objetivo de enseñar a la familia cómo protesta un maricón de España por unos apretones de nada. También hicieron videos, porque les causó paroxismo cuando lo de ‘perrrrrra’ lo dejé de pensar y lo empecé a gritar… Parece que alguien entendió el mensaje, oigan. La sujeto en que había concentrado en el espacio de cinco minutos todo el odio del que soy capaz rebajó su presión. Dejó de usar partes de su cuerpo especialmente desagradables como antebrazos y codos para ser estrellados contra mi débil y por aquel entonces totalmente enrojecido ser, y completó su masaje más suave en la cabeza, brazos, piernas, y finalmente pies, la parte más larga, en la que intentó de nuevo subir la presión, cosa de la que fue disuadida tras un alarido feroz. Se reía la graciosa niña de lo largo de mis pelos de las piernas, y como se aburría se dedicaba a hacerme trencitas la jodida. En general se refocilaban todas ellas del aspecto de los occidentales que allí estábamos, y es que a los chinos les debemos de parecer altamente patéticos. Todo el mundo confesó estar encantado con el masaje. Que les había hecho daño pero que se sentían suaves. A mí no me dolía nada, pero estaba agotado. De allí nos fuimos directamente a dormir.
La maravilla de masaje recibido fue posiblemente una idea poco recomendable para mi musculatura. Tal vez por haber sido una activitas interruptus y no poder completarse el acto con la debida pasión y profesionalidad, en cuanto llegué a la habitación y me puse a doblar sobre la cama las camisas para hacer la maleta para el regreso me dio un cierto dolor en las lumbares que me hizo sentarme. Mira qué bien el puuuuto masaje, oyes. Ya no podré decir que nunca me duele la espalda. Así que decidí consultar el correo electrónico. Al par de minutos me empezaron a doler las cervicales. Bien. De puta madre. Me imagino que el habitual terapeuta alternativo habría dicho que todo eso es por no saber sentarme ni colocarme. Veo que hacer la maleta va a ser largo. Y descubro además que mi necesidad de sueño va a tener una compañía fantástica: una nueva actividad cultural china que desgraciadamente no se desarrolla ni por mi gusto ni en mi habitación, sino, casualmente, en la de al lado. ¡¡¡UNA PARTIDA!!! Sí, señores, la timba se reúne me imagino que ilegalmente para jugarse los yuanes al mahjong o al póker o a lo que sea que juegan el dinero en este apartado rincón del mundo. Oigo a los participantes en tan interesante reunión entrar y salir de la habitación contigua. Reír. Beber. Mira qué bien. Acabo de hacer la maleta y apagar el ordenador entre pinchazos varios. Me meto a la cama. Afortunadamente, no parece dolerme nada más. Pero soy incapaz de dormir con el ruido. Pillo esta vez sí el China Daily. Tras leer en un artículo que España será el país al que los chinos dedicarán el año en 2007 (sangria celebrations, ja, qué gracia), que se celebrará a lo grande con el traslado del Guernica a un museo de Pekín (¿¿¿QUÉ??? ¡¡¡ESTO TENGO QUE LEERLO OTRA VEZ!!! Jaungoikoa! Sí que lo dice, sí, pero… ¡¡¡qué huevos!!!), y una noticia de impacto según la cual Internet en China no tiene más censura que cualquier país occidental (por un momento me entran tentaciones de levantarme e intentar entrar en manpics.com pero desisto ante la posibilidad de que me duela todo el cuerpo y que pueda aparecer la guarda roja en busca del capitalista lujurioso y pervertido en pleno acto onanista que en este caso hubiera sido casi un suicidio por descoyuntamiento autoinducido), me sumerjo en la lectura de un especial de impacto sobre la milenaria amistad entre el Irán de los Ayatollahs y la China de los comunistas con el que ya acabo de alucinar con la prensa del país escrita en inglés. Y ese ruido que no para. Si por lo menos estuvieran follando… Y en recepción que no me entienden una mierda… En fin. Recuerda a los estoicos, Goio. Nada exterior puede contigo. Estás en esta vida para culturizarte, ser un ser más libre. Crees en la condición humana, crees en ti. Sabes leer a Marco Aurelio sin acabar como Hannibal Lecter. Tienes aficiones, pero puedes renunciar a ellas y ser feliz con menos. ¿Qué da la HBO? Bruce Willis soltando mamporros y pisando cristales rotos sin rechistar. ¿No te digo qué buen momento para la ética?
Me pillo Asesinos sin rostro, y me leo 150 páginas de una tacada hasta que a las seis menos diez termina la timba y me duermo en dos patadas. Noventa minutos, pero menos da una piedra. Me despierta el señor Casio y estoy curiosamente lúcido y despierto. Me duele la espalda, pero poco. Viene un día muy largo. De cuarenta horas de duración para ser exactos.
Viaje realizado en febrero de 2006 (etapa iii de iv)

2 comentarios en “Little China Girl”

  1. Maravilloso!!! Pero mire que me he reído Sr. Goio, no de usted sino con usted.

    Lo de elegir el animal para que lo maten y te lo comas… creo que sería una buena forma de ponerse a dieta. Yo vegetariana, oiga!

    Y lo del masaje chino? Por dios que me lo pensaré bien si en tal situación me veo alguna vez.

    Que magnífico relato! 🙂 🙂

  2. ¡¡¡Gracias!!! Estupendo que le haya gustado!

    el masaje es simplemente que empezaron a lo bestia con alguien no acostumbrado. Bueno, eso creo yo, por lo que he podido saber después. Hay que ir más finamente y en mejor ambiente, no con tan escasa ambientación y casi en un nivel 'de producción'

    lo de comer lo sigo viendo cuando vamos a China todavía, y sigue siendo cosa de impresionar!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *