En febrero de 2006 viajé por tercera vez a China, lo que en aquel entonces significaba probablemente que había ido tres veces más a ese país que lo que lo haría el común de los mortales, salvo por el hecho claro de que actualmente el común de los mortales es precisamente chino y ya está en ese país sin necesidad de atravesar frontera alguna, y que el comercio con China se ha desatado tanto que ahora es muy frecuente viajar allí por trabajo o turismo. La cuestión no es que China sea extraña, rara, diferente, surreal, el tipo de sitio que a los occidentales nos parece horrendo y fascinante a la vez. La cuestión es que es así también porque ha emprendido un viaje desbocado hacia una occidentalización que de momento se me antoja imposible o inaprensible, aunque bien pudiera llegar a suceder que al final de ese viaje cambiemos nuestro concepto de occidentalización.
Ahora son episodios olvidados, pero hace más de cinco años la preparación y posibles implicaciones de este viaje, desde su diseño inicial hasta que ese paseo por la China en que mi empresa se establecía se completó, alcanzaron lo peculiar, cuando no estresante. Tal vez por cierta falta de entusiasmo inicial viajaba yo con menos ansias, esperanzas, lo que fuera, que en otras ocasiones. Pero eso da lo mismo en China, que acaba imponiéndose a todo. A tu extraña situación laboral, a tus circunstancias personales, a cualquier cosa. En este viaje viví varios momentos absurdos, estuve a punto de sufrir tres accidentes de tráfico, uno de los cuales hubiera sido de consecuencias serias, vi a los trabajadores chinos de una planta jugarse la vida varias veces, y cometer infinitas infracciones al mínimo sentido común que evitaría accidentes laborales. Sin embargo, estas tres cosas me han pasado siempre en China. Aquella planta de electrolisis en que pisábamos charcos de ácido junto a las conexiones eléctricas de las planchas de deposición de metal. Aquella pata de pollo que vi comerse diligentemente a mi gerente utilizando para ello un guante de plástico de los que usamos aquí en las gasolineras. O mi extensa voz apoderándose de un tremendo Careless Whispers en un karaoke. En fin, aquella vez que nuestro microbús quedó con una rueda fuera de la carretera en un precipicio junto a Zhangjiajie, que constituyó un momento de cierta tensión en mi vida… Ay, aquellos ingleses que me introdujeron por primera vez en Catai, dónde estarán…
Pero este país también cambia, esa velocidad de camión de treinta y siete ejes cargado de plomo pesadito cuesta abajo y sin frenos tiene consecuencias. O tal vez sea el efecto de la ciudad visitada en esta ocasión. Se trata de Shenzhen, una ciudad cuyo crecimiento inmobiliario puede medirse por una densidad de grúas superior al del Madrid preolímpico (aunque el problema de Madrid sea ser siempre preolímpico, ejem), que está en el este, situada junto a Hong Kong y en una de las llamadas zonas económicas libres, esto es, los lugares que Deng Xiaoping se inventó para ir ensayando su sistema de liberalización de la economía camino del capitalismo controlado políticamente. La ciudad es supuestamente rica, claro. Pero, esperen… jo, demos orden al relato, empecemos pues por el principio…

2 comentarios en “China 3. Introducción…”

  1. "aunque bien pudiera llegar a suceder que al final de ese viaje cambiemos nuestro concepto de occidentalización" Pues si, bien pudiera ser.

    Me estreno viajando desde aquí, ya que casi con toda probabilidad yo continuaré siendo de esa parte de la humanidad que no irá a China.

    Y digo yo, material gráfico de lo del karaoke no habrá, ¿no?

    (por cierto, no me deja con mi perfil habitual así que en los viajes estará mi otra yo)

  2. Nooooooo, no hay material gráfico de los karaokes, y eso que bien lo merecía. De todos modos, cuando escribí esto sólo había estado en un karaoke chino y fue todo muy inocente, supngo que porque viajábamos con una mujer occidental. En un viaje posterior, todo hombres, descubrí la verdadera esencia de estos karaokes, que, como las salas de masaje, en realidad están orientados todos al 'final feliz'…

    Me encanta verte también por aquí, Isabel, muchas gracias!

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