Queridas Madames,
No es de extrañar que con tanto revés social, Marcel caiga en la misantropía que le permita dedicarse a ese arte que explica el mundo mejor que cualquier parte del mismo. Que la literatura sea eterna, que a través de ella se manifieste todo, incluso y sobre todo la verdad, como si de un dios panteísta fuera, merece un culto, y ese culto se lo va a dar Marcel en vida con su soledad y entrega a su obra. Las excusas para la reclusión son múltiples. Desde luego, intelectuales: La influencia que se atribuye al ambiente es particularmente cierta en el ambiente intelectual. Cada uno es el hombre de su idea; hay muchas menos ideas que hombres, y así, todos los hombres aferrados a la misma idea se parecen. Como una idea no tiene nada de material, los hombres que sólo materialmente están en torno al hombre de una idea no modifican a ésta ni poco ni mucho. Claro que soltar esto en una reunión social sólo puede generar mandíbulas caídas de estupor, que es lo que le pasa a Roberto Saint-Loup, que literalmente babea ante lo inteligente que Marcel brilla delante de sus amigos (y funcionando así el clásico espejo doble de seducción entre hombres: cuerpo vs mente). Marcel lo pone también en boca de Charlus, el equívoco Guermantes que quiere hacer un discípulo de él: Con frecuentar la vida social no haría usted más que perjudicar a su propia situación, deformando su inteligencia y su carácter. No se priva de decirlo él mismo con la contundencia debida: la amistad es tan poca cosa que me cuesta trabajo comprender que hombres de algún genio, como, por ejemplo, un Nietzsche, hayan tenido el candor de atribuirle cierto valor intelectual.
Para Marcel tampoco es esta abrazada soledad un camino de rosas. No hay más que ver cómo quiere entregarse al mundo, que espera que le aporte tanto como él es capaz de dar. Quisiera ser amado con completa honestidad, pero, no consiguiéndolo, decide cuando menos darse coba: Todo lo grande que conocemos nos viene de los nerviosos. Ellos y no otros son quienes han fundado las religiones y han compuesto las obras maestras. Jamás sabrá el mundo todo lo que les debe y sobre todo lo que han sufrido ellos para dárselo. Saboreamos las músicas exquisitas, los hermosos cuadros, mil delicadezas, pero nada sabemos de lo que han costado a los que las inventaron, de los insomnios, de las lágrimas, risas espasmódicas, urticarias, asmas, epilepsias, una angustia de morirse que es peor que todo eso […]
La literatura es tan respetable que hasta indica el cambio de niña a mujer, una de estas cosas que al Marcel personaje tienen fascinado (aquí su píldora de humor bartualiano, queridas): Nos habíamos dado cuenta de que Albertina había dejado de ser una chiquilla cuando un día, para dar las gracias por un regalo que le había hecho una extranjera, había respondido: ‘Me deja usted confusa’. La señora de Bontemps no había podido menos de mirar a su marido, que había respondido, ‘¡Caramba! Ya anda por los catorce años’.
Marcel desbroza de continuo su psicología. Pertinente parece ahora la comparación con el flujo de conciencia de Joyce y la ya patente imprenta de autor que a principios del siglo pasado querían los escritores dejar en su obra. En Marcel, el capítulo cumbre, la explicación que todo lo abarca, es el subtexto (al que dedicaré queridas mías si me siguen leyendo, mis valientes, la siguiente entrada). Al armario, vaya.  De mientras, una píldora para francófilos, que yo diría que anticipa hasta el cine de autor francés (y que nos da un rasgo nacionalista). Observen cómo los franceses son necesariamente bellos: Pero es con todo bonito, y acaso sea cosa exclusivamente francesa, que lo que es hermoso a juicio de la equidad, lo que vale según el espíritu y el corazón, sea primero encantador para los ojos, esté coloreado con gracia, cincelado con justeza, realice también en su matera y en su forma la belleza interior. Miraba yo a Saint-Loup y me decía que es una hermosura que no haya ninguna desgracia física que…
Suya,
Madame de Borge

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