Queridas Madames,
¿Pero acaso Marcel, con sus decepciones en la burguesía y la aristocracia, ama a la plebe? Parece que no, que a pesar de haber política en su libro no abraza (ni menciona) las ideas socialistas que se expandían al tiempo que él escribía. Se diría que ni los considera, pues aparecen sólo por contraste, reflejo de un prejuicio de clase: Porque desde el momento en que uno está enamorado, todos los pequeños privilegios desconocidos que posee quisiera poder divulgarlos ante la mujer a quien ama, como hacen en la vida los desheredados y los importunos. Tal vez desheredado aquí no quiera decir pobre, sino simplemente se diga en referencia al término de las Bienaventuranzas y pueda significar ‘judío’, dado el peso del caso Dreyfuss en El mundo de Guermantes. Incluso si es así, resulta necesario rascar mucho para ver si Marcel tiene en efecto ojos para las clases bajas más allá de los sirvientes del Hotel Guermantes, cuyo universo apenas refleja ni por el cual siente fascinación alguna. Aunque mi impresión es que para lo que interesa a Marcel, por diferentes que sean la educación o la clase, da un tanto igual. Si hay desprecio es por falta de conocimiento, de aprecio. Y para él resulta más fundamental el individuo: no ya la ironía en la descripción de las pasiones iguala a los hombres, sino que esa ironía dibuja los atributos que a juicio de los aristócratas le quedan a la burguesía: […] me abrí camino hasta la salita en que estaba la mesa de Saint-Loup. En ella encontré a algunos de sus amigos que almorzaban siempre con él, nobles, salvo uno o dos plebeyos en quienes los nobles, sin embargo, desde el colegio, habían venteado amigos y a los que se habían unido gustosos, probando así que no eran, en principio, hostiles a los burgueses, aun cuando fueran republicanos, con tal que tuviesen las manos limpias y fuesen a misa.
El juicio final es en cualquier caso demoledor. Tras porfiar lo infinito por ser admitido en el salón de los Guermantes, Marcel se pregunta: ¿Eran verdaderamente por unas cenas como ésta por lo que todas estas personas se ponían de tiros largos y se negaban a dejar penetrar a las burguesas en sus salones tan cerrados, para unas cenas como ésta? ¿Hubiera sido por este estilo caso de estar yo ausente? Por un instante tuve la sospecha de ello, pero era demasiado absurda. El simple sentido común me permitía descartarla. Y además, si le hubiese dado acogida, ¿qué hubiera quedado del nombre de Guermantes, tan desvaído ya desde Combray? El terrible juicio, al que Marcel llega por decepción, le había sido adelantado por el señor de Legandrin, ese cascarrabias (y tal vez hipócrita) social al que encuentra inesperadamente en el salón de Madame de Villeparisis: ¡Cuánta culpa ha tenido el Terror en no cortarles el pescuezo a todos ellos! No son más que unos siniestros juerguistas, cuando no simplemente unos tétricos idiotas.
Se avanza el camino hacia la soledad del artista, hacia la misantropía intelectual, pero también al ansia por conocer la verdad que tiene el diferente, el raro, el que ha de quedarse solo. Todo ello a construir en las siguientes líneas básicas de este libro magnífico.
Les dejo con humor social y de costumbres, con la plebe que no distingue entre cisnes:
Mientras esperaba a Saint-Loup, pedí al dueño del restaurante que hiciera que me trajesen pan. ‘Ahora mismo, señor barón’. ‘No soy barón’, le contesté. ‘Oh, perdón, señor conde’. No tuve tiempo de hacer oír una segunda protesta, después de la cual seguramente me hubiera convertido en ‘señor marqués’

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