Bahrein: pagar por irse
He viajado al golfo por miedo. Bueno, creo. No el mío, sino el de mi compañero de viaje. Él tenía que hacer el viaje y convenció, sin demasiada dificultad, a los clientes de la importancia fundamental de la asistencia técnica en las visitas para conseguir epatar al comprador de turno. El negocio del aluminio, curiosamente, es bastante honesto. Quiero decir: se cumplen bien los compromisos, se paga a tiempo, no hay un exceso de tipos desagradables implicados, nunca un cliente pide que le lleven de putas, y no son práctica habitual los cazos. Lo cual no quiere decir que no existan. Los cazos, quiero decir. Dicho lo cual, dejo a la perspicacia del lector atento adivinar en qué parte del mundo sí existen a pesar de lo noble del sector, que no del metal. Así que difícilmente puede justificarse la necesidad de los asaz longos discursos que este que os escribe es capaz de soltar allá donde un intrépido pero sin duda imprudente jefe de planta o director técnico se acerque a la sala donde se mantiene la reunión con aquel remoto cliente occidental…

¿Miedo yo? Nadie envidia un viaje a la zona en el mes en que Irak tiene elecciones. En Bagdad hay guerra, tú. En Riyadh hay atentados, tú. Coño, había guerra en Sarajevo y turistas en Viena, y Dubai está más lejos de Bagdad que Sarajevo de Viena. O Roma, o Florencia, o Atenas. Y, je, a estas alturas del milenio y viniendo de donde uno viene, ya tiene narices tener miedo a un atentado. No faltó quien me recordara que una falla tectónica pasa por el golfo. Aunque la zona afectada de seísmos suele ser el norte, Irán. Bueno, claro, y que, aunque acá no tengamos prejuicios ni seamos racistas, no dejan de ser árabes, ¿no? Claro, claro.

En estas condiciones, el viaje decidido fue relámpago. Aviones el lunes, Dubai el martes, avión, Bahrein miércoles y jueves, avión, y vuelta de madrugada para estar presentes el viernes al mediodía en Bilbao. ¿Anécdotas reseñables en la liturgia de los aires? A ver:

– en la ida, en la conexión de París y por primera vez en años, no tuvimos que correr. Sin embargo, no me fijé, o bien mi subconsciente no se planteó, en que eso significaba tener tiempo para visitar al menos el lobby del Sheraton que con forma de avión se encuentra plantado entre las terminales 2E y 2F del aeropuerto Charles de Gaulle. No sé qué habría pensado mi querido compañero de mi explicación sobre una famosa película de Brian de Palma en que la protagonista cae por el patio interior rompiendo el cenáculo y que por ahí andaba Antonio Banderas y que… bueno, en fin, ya saben, lo ideal sería visitarlo a las 15:35 horas.

– en la vuelta, con apenas una hora para hacer la conexión sí que corrimos, sí… A pesar del avión bien gordo no nos dieron finger. El autobús fue lento (15 minutos). Hubo que enseñar el pasaporte en la salida del autobus (1 minuto). Hubo que enseñar el pasaporte y la tarjeta de embarque de la conexión para salir a la terminal y poder hacer la conexión (12 minutos). Una carrerita hasta la zona de las puertas de la otra terminal (10 minutos). Nuevo paso por seguridad de equipajes, con pasaporte y tarjeta de embarque (5 minutos, casi no había gente). Oooootra carrerita hasta la puerta. Llegamos al empezar el embarque, mira qué bien. La niebla hizo que el vuelo saliera una hora y media tarde, pero nosotros estábamos supercontentos con nuestra sudada de la ligerita ropa que traíamos puesta de Dubai, a pesar del escaso grado de temperatura que reinaba en la capital de todas las Francias, después de haber corrido como pollos sin cabeza e incluso casi haber atropellado a un par de soldados del ejército francés en el intento de alcanzar la conexión. Puto soldaíto descojonándose en gabacho, la putain de madre que lo parió. Odio el Charles de Gaulle, definitivamente. Si le haces semejante conexión a un francés en España, o si semejante entrada de control de pasaportes la tuviéramos en cualquier aeropuerto del tercer mundo en vez de en la Europa tan requetemodernizada, no sé lo que diríamos. Bueno, tendríamos miedo, claro.

– por motivos de seguridad, los vuelos transcontinentales u oceánicos no permiten el uso de los frigoríficos a bordo para que los pasajeros puedan utilizarlos con determinados fines. Por ejemplo, guardar el caviar comprado en la duty free de Dubai, tan cerca de Irán y con el precio por kilo unos 2000 euros más barato. Yo no compré, claro. ¡No me voy a comprar caviar cuando todavía me falta el armario de la despensa!. Pero en la duty free juraron que a bordo no habría problema. Eso sí, en el avión ofrecieron hielo para guardarlo si queríamos. Digo por si en el futuro os toca la situación… al menos en Air France…

– decididamente, la mayoría de los azafatos de vuelo de Air France tienen una pluma que podrían empezar a volar en plan Howard Hughes, sin motor ni alas. Salvo uno que había que parecía el mismísimo Nicolas Cage, el resto deben adscribirse al tópico ese según el cual las profesiones clásicas de mujeres no las estudian nunca hombres que funcionan del derecho (copyright Manuel Fraga, ese hombre)

– sólo un vuelo con Emirates y otro con Gulf Air, entre Dubai y Bahrein ambos, me hacen pensar que verdaderamente en Europa estamos a gran distancia en lo que a calidad de vuelos, servicio, trato y comida se refiere en los aviones. Los aviones de Air France a esa zona son directamente viejos, y la comparación no se resiste. Aunque nadie viaja vestido de árabe en Air France, creo yo, al contrario que si origen y destino son países del golfo. En Air France, eso sí, se sirven unos licores inigualables que debido a su abundancia e inconmensurable graduación hacen del viaje una experiencia harto placentera, ayudando sin duda a un feliz estado de somnolencia agradabilísimo para quien nunca ve la tele en los aviones. Además, Air France nos asegura mediante un papelito que absolutamente todo lo que se come en el vuelo está desprovisto de marrano, gorrino, puerco, cochino y cerdo. Pour votre tranquilité.

- la duty free de Dubai es indescriptible. Vamos, las tiendas brillan. Hay coches en exposición. Joyas, oro por doquier. Delicatessens de caviar y tiendas de alfombras. Es mejor no ir.

Dubai parece una ciudad norteamericana, aunque algo falle en el diseño… Imagino que es tierra víctima de la especulación, porque los bosques de grúas son inmensos, llenan el horizonte, y la publicidad que habla del edificio más alto del mundo, el que ya se está contruyendo en Barj Dubai (consta de unos siete edificios, de los que ya han empezado los exteriores -que están separados una distancia considerable-, y falta la mole interna que los unirá a todos superando varios cientos de metros y al edificio ese de Taipei que es ahora el más alto del estúpidamente babilónico universo humano). Aunque nos habían anunciado medias de veinticinco grados, pasamos el día entre quince y veinte grados, con muchísimo viento. A la tarde llovió. Hay que considerar que en Dubai llueve entre tres y cinco días al año, por lo que fuimos saludados en todas partes con el querido ‘everywhere you go, you always take the weather with you’, tan graciosa canción que todos recordamos con cariño de nuestras adolescencias. Y cumpliendo con lo que es Dubai, allí nos recibieron dos personas que no son de allí, nuestros queridos agentes en la zona. Un indio de Goa y apellido portugués que vive en Dubai, que preparaba y concertaba todas las visitas, y un australiano que vive en Yakarta, que aunque conoce el negocio todavía no tengo muy claro qué ha venido a hacer, aunque así hablamos y hablamos del tsunami en nuestros momentos de ocio y cada vez que un cliente pasaba de hablar de curro y fascinado preguntaba por las olas, los volcanes, los seísmos y los vídeos que todo lo graban. En Dubai viven un 78% de extranjeros (los árabes les llaman ‘expat’, que me suena algo despectivo), porque los emiratís pasan por lo visto de trabajar. Como los que vienen a trabajar son en general hombres, la población femenina es sólo de un 30%. Los bahrainis hablan con más orgullo de su ‘bahrainización’, y lo dicen en comparación con Dubai (y es que parece que hay cierta competencia entre ambos lugares): ellos sólo tienen un 40% de ‘expats’…

Aunque tal vez sea mejor aclarar… Bahrain es un reino independiente, mientras que Dubai es uno de los siete emiratos árabes. Dubai no es independiente, ni siquiera es la capital de los emiratos, que lo es Abu Dhabi, pero sí viene a ser el centro económico, y tiene muchas prerrogativas propias. El emir mantiene un poder importante, aunque haya cosas cedidas al gobierno del país. Todos los países de la zona (Kuwait, Aabia Saudí, Omán, Qatar, Bahrein, Emiratos) forman el GCC, una especie de confederación de gobiernos del golfo y dicen comportarse como una comunidad única. En diálogos así, los occidentales no decimos ni mú. Dejamos que hablen ellos y que nos digan lo que quieran de su Irak y su Irán y sus Estados Unidos, no vaya a ser. Como mucho, hablamos de Andalucía, Córdoba y Granada (mainly). En fin. Emiratos y Bahrein ganaron su independencia en los 70, cuando los ingleses decidieron de una puta vez que ya estaba bien de extorsionar con tanta claridad, y que era mejor hacer negocios ‘de igual a igual’, ja. Ambos países han vivido del petróleo, pero las reservas de Bahrein son escasas y tienen un mercado más diversificado. Además, en Bahrein lo descubrieron en los 30 (allí está la refinería más antigua de la zona) y en Dubai en los setenta. La consecuencia es que Dubai ha vivido un crecimiento económico impensable. Son países además muy amantes del comercio y muy poco de pedir impuestos a las empresas que inviertan o pasen por allí. Eso sí, son monarquías absolutas dirigidas por familias reales. En Bahrein, todas las empresas tienen cuatro fotos de los dirigentes, siempre en el mismo orden, a saber:

– el príncipe hijo del rey
– el primer ministro, tío del rey y hermano del anterior rey
– el rey
– el padre del rey, muerto hace pocos años.

Claro, ante tanta foto igual en todas partes, tienes que preguntar y así te enteras. Lo gracioso es que si cae en tus manos alguna revista que hable de ellos, las fotos les muestran también en el mismo orden. O eso es esquizofrénico o ya empiezo a confundir las caras.

Pero claro, no es posible, supongo, mantener este absolutismo y los negocios con los occidentales sin unas costumbres algo más relajadas que las que lleva el gran hermano saudí.

Ese mi compañero de viaje sacrifica lo debido por los negocios, claro. En una demostración de incoherencia, y contando con el beneplácito de los clientes, pidió y obtuvo de uno de ellos una cierta cantidad de muestras de la competencia para que pudiéramos analizarlas. ¿Incoherencia? ¿Y eso por qué? Fundamentalmente porque dichas muestras consistían en varios bloques de metal cada uno de más de un kilo de peso, de forma cilíndrica, de aspecto decididamente sospechoso. Así que ante mi negativa a llevarlos yo mismo (‘pasemos por una empresa de mensajería’) él opuso un mohín de desaprobación de jefe desengañado con las virtudes sumisas de su empleado. Hasta que llegamos al control de seguridad del aeropuerto, esos rayos X que todo lo dicen de nosotros porque nosotros somos nuestra maleta y nuestra maleta es nosotros, y un señor policía árabe de dos metros de envergadura y un bigote con el que se podía barrer el desierto desde Wadi Rum hasta Damasco, le pidió amablemente, no diría yo que exento de una mirada de delectación ante la posibilidad de haber detectado al occidental delincuente de turno, que le acompañara a solas hasta una puerta solitaria decididamente aterradora. Veinte minutos más tarde, sin rasgaduras en la camisa ni estar despeinado, mi querido compañero y sin embargo jefe se reincorporó al embarque. La explicación final habló de un amigable diálogo sobre nuestros productos, sobre los catálogos que llevábamos, la tarjeta de empresa, lo bonito que es el desierto, lo árabe que es España, jají jajá. Pero, ya saben que no hay nada más peligroso que entender las miradas. Y la del policía, al volver, revelaba una tranquila calma que desde aquel día me acompaña en mis noches más tenebrosas.

Viaje realizado en enero de 2005
Distancia Nueva York – Dubai – Bahrein: 11.481 kms

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