Queridas madames,

Sé que hace mucho tiempo que no escribo, y en los últimos meses han ocurrido muchas cosas que necesito contarles, aunque eso tendrá que esperar para otra ocasión. Todavía no soy libre de revelarles los tormentos que he sufrido recientemente. Sin embargo, hace unos días, encontré en una revista interesantísima llamada The Comics Grid (no me culpen, saben que siempre me interesó la literatura barata, sobre todo, si tiene ilustraciones) un artículo que habla de nuestro adorado Marcel, relacionándolo con una tira cómica, Gasoline Alley, que solía leer en los periódicos cuando era niña y vivía en Chicago. Lo escribe un tal Roberto Bartual y me ha permitido reproducirlo aquí con la promesa de que os incite, queridas lectoras, a visitar ese maravilloso magacine, The Comics Grid, donde podrán encontrar textos deliciosos de importantísimos académicos de la historieta como Ernesto Priego, Greice Schneider, Esther Claudio, Nina Mickwitz o Tony Venezia. El artículo es en inglés y me he permitido el lujo de traducirlo yo misma. Tampoco tengo otro remedio: el pasado octubre me echaron de la Escuela de Traducción para Señoritas donde ejercía como directora. Ya les contaré los detalles. ¡Qué bochorno!

Suya,
Madame de Malarrama.

Gasoline Alley, 22 de abril de 1934.

No es infrecuente la opinión de que el modernismo nunca existió en los cómics, y la razón es simple: al margen algunos títulos influidos por las vanguardias (especialmente el surrealismo, como en Little Nemo o Krazy Kat), los cómics de las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por ser narraciones más bien lineales y bastante indiferentes a los experimentos que en su tiempo se daban en el ámbito de la litetratura.

Rubén Varillas menciona los Niños Kin-Der de Feininger como uno de los primeros cómics a los que podemos aplicarle el adjetivo de “modernista (Varillas, 2010: 5). Feininger era pintor, incluido con frecuencia en la nómina del expresionismo, y no se puede negar que su dibujo en los Niños Kin-Der recuerda poderosamente la pintura modernista, en particular sus paisajes urbanos que, pintados también por Feininger sobre lienzo, inspiraron la estética del film alemán El gabinete del doctor Caligari (1920).

Sin embargo, si quisiéramos elaborar un censo de creadores modernistas en el cómic, deberíamos añadir por lo menos un nombre más al de Feininger. Me refiero a Frank O. King, conocido por Gasoline Alley, una larga serie de tiras y páginas dominicales que registra día a día la vida cotidiana de un padre y un hijo, Walt y Skeezix, los cuales envejecen al mismo ritmo que los lectores. La idea de hacer una literatura en “tiempo real” no era nueva cuando King se propuso hacer Gasoline Alley. El Ulises de Joyce y la Señora Dalloway de Virginia Woolf relatan historias que acontecen en un intervalo de tiempo aproximadamente igual al tiempo que le lleva al lector completar la lectura. Pero la influencia más patente del modernismo en Gasoline Alley la encontramos en sus páginas dominicales, especialmente en las muy características páginas panorámicas en que una sola imagen (una playa, la manzana de una calle, una casa) aparece fragmentada en viñetas.

Estas páginas panorámicas no constituyen una simple estratagema narrativa para provocar la sorpresa del lector. Son también un intento, aunque tímido todavía, de representar la memoria; intento en el que autores más recientes, como Chris Ware, o Richard McGuire se han basado para construir complejísimos dioramas de recuerdos.
Proust nos lo advertía constantemente en En Busca del Tiempo Perdido: la mecha de la memoria es, con frecuencia, un espacio geográfico; la casa de la infancia, que al visitarla dispara nuestros recuerdos; aquella calle por la que solíamos pasear al ir a casa de la persona amada; el pueblo donde pasábamos nuestras vacaciones. Es más: lo habitual es que cualquiera de estos lugares nos haga evocar no solo uno, sino varios recuerdos, los cuales se superponen sobre el mismo espacio; ¿cuántos recuerdos diferentes podemos evocar de forma simultánea solo con entrar en la habitación donde dormíamos de niños? Cada una de sus esquinas nos recordará una imagen diferente de nuestro pasado.

Esta manera que tenemos de experimentar la memoria como algo no lineal y dependiente del espacio fue resumida por Proust en la descripción que hace de la catedral de Combray en Por el camino de Swann (1913). Cada sección de esta ficticia catedral data de un periodo histórico diferente: sus paredes fueron construidas en el siglo XI, la escalera del campanario es gótica (mediados del siglo XII hasta el siglo XV) y la cripta, merovingia (siglo VIII). Proust llega a la siguiente conclusión:
[La catedral era] un edificio que ocupaba, por decirlo así, un espacio de cuatro dimensiones –la cuarta era de la del Tiempo- y que al desplegar a través de los siglos su nave, de bóveda en bóveda y de capilla en capilla, parecía vencer y franquear no sólo unos cuantos metros, sino épocas sucesivas, de las que iba saliendo triunfante. (Proust, 1913: 80)

Para Proust, visitar la casa que habitamos durante la infancia, sería como caminar en el interior de la catedral de Combray. Cada habitación trae de vuelta la imagen de un tiempo diferente, mientras que el edificio al completo es la estructura que da cohesión y funde dichas imágenes. Consciente o no de la obra de Proust, lo que Frank King hizo en la página de Gasoline Alley que reproducimos arriba, es una versión gráfica de la metáfora que hizo Proust sobre la memoria. Su tuviéramos un mapa de la planta de la catedral de Proust, podríamos leer en él la historia del pueblo de Combray; cada fragmento de la nave, un periodo de tiempo distinto. Del mismo modo, en cada fragmento, en cada viñeta de la casa en construcción de Frank King queda registrado un momento diferente del día, como si fuera un mapa, si bien de corta amplitud temporal, de la memoria. Si Skeezix, el joven protagonista, volviera al lugar de los hechos años después, y la casa siguiera en el mismo estado, a medio construir, al mirar el tejado Skeezix se acordaría del momento en que se reunió allí con la niña que le gustaba, la pasarela de madera le haría acordarse de cuando su amigo Clarence se puso a perseguirles, y al mirar el cemento, recordaría sin duda cuál fue el desenlace de la persecución. Igual que nosotros, cada vez que miramos la página, Skeezix “vería” todo lo que pasó aquel día en su mente, de manera simultánea.

Hacer vivir al lector la experiencia de la memoria, entendida como percepción simultanea del tiempo, fue uno de los objetivos de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido. Sin embargo, para poder lograrlo, tuvo que afrontar una limitación muy importante impuesta por el medio: si bien el ser humano es capaz de recordar varias cosas al mismo tiempo, le es totalmente imposible leer dos párrafos a la vez. Los cómics, un medio que en general ha permanecido al margen del modernismo, es irónicamente el único medio capaz de representar la memoria de la forma en que quiso Proust, ya que al mirar una página de cómic, es perfectamente posible ver y mantener la atención en dos o más imágenes al mismo tiempo (*). Esta página dominical es prueba de ello. Pero hay muchas otras…

Proust, M. (1913) Du côte du chez Swann, París, Bernard Grasset; Por el camino de Swann, trad. de Pedro Salinas, Madrid, Alianza, 1996.

Varillas, R. (2010) “Lyonel Feininger. Un artista de vanguardia”, en Lyonel Feininger, Los niños Kin-der, Póvoa de Varzim, Manuel Caldas. (pp. 5-7)

Ver también Varillas, R. (2010) “Lyonel Feininger y los Niños Kin-Der. Aires expresionistas, viñetas cubistas.” Culturamas, .

(*) Por supuesto, el cine también puede mostrar, en un solo plano momentos diferentes del tiempo, con la intención de representar, de algún modo, una memoria panorámica, o al menos así lo ha intentado Peter Greenaway. Otra cosa es que el espectador pueda mantener la atención en dos imágenes móviles del mismo modo en que puede hacerlo en el cómic.

4 comentarios en “Proust y los tebeos.”

  1. Madame de Malarrama,

    ¡Qué vergüenza, oprobio y evanescencia me han causado la noticia de su expulsión! También un borborigmo, pero se debe a que estaba haciendo la digestión de unas legumbres un tanto potentes procedentes del norte de España. No obstante, le agradezco mucho que nos transcriba la contribución de ese tal Roberto Bartual, al que supongo apuesto y de galanura comparable a su sintaxis. Aquí en nuestro salón de té solemos tener mucha novela gráfica, que esto no es una consulta de dentista, y apreciamos mucho su análisis. Nos sorprende además la audacia de la propuesta. ¿Cree usted que el autor era consciente, en su época, de su potencial subversivo del canon literario-gráfico?

    Suya, y a la espera de oírle buenas nuevas sobre un destino laboral tan apetitoso, le saluda afectuosísima y muy avant-garde,

    Madame De Borge

  2. Muy interesante.

    Al hilo del apendice final, lo de mostrar en un sólo plano diferentes momentos de tiempo,yo no sé si puede incluir la animación, dentro del propio cine, que ejemplifica con Grenaway.
    No sé si conoceis el trabajo del dibujante holandes Paul Driesen, es que se me ha vendio a la mente y lo he relacionado con las limitaciones a las que hace referencia.

    Aquí dejo el enlace de uno de sus trabajos
    http://vimeo.com/10137093

    Igual no tiene mucho que ver, pero no deja de tener cierta relación.

    Roy Bean

  3. Oh, claro que tiene mucho que ver la animación que mandas! Gracias por el link. No conocía al tal Paul Driesen, y de hecho, es mejor que Greenaway como ejemplo de representación del tiempo en plan "aleph" dentro del cine. Aunque sigo pensando que el cómic es más efectivo que el cine a la hora de hacer cosas como esta, por el simple hecho de que es mucho más fácil fijar la atención en varias imágenes al mismo tiempo si estas son estáticas…

  4. Querida Madame Borge,

    Le avanzo que los motivos de mi expulsión tienen que ver en cierta forma con mi afición por el travestismo, de la que usted ya tiene noticia. Dudo que el señor Frank O. King estuviera pensando en Proust a la hora de diseñar sus páginas, pero le escribiré una carta para preguntárselo. La mantendré informada, querida amiga, de su respuesta…

    Atentamente,
    Madame de Malarrama.

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