Cuando alguien visita un posible proveedor es bastante probable que el susodicho le agasaje de alguna manera. Cuando eso se une a la aparentemente impagable hospitalidad china, el asunto puede convertirse en un continuo ofrecimiento de actos lúdicos, recital de brindis consecutivos durante las cenas con el consiguiente efecto etílico, intentos de banquetes desaforados, e, incluso, por qué no decirlo, por qué no admitirlo, carrusel de regalos que empequeñecen la maleta del viajero experimentado y sabedor de lo importante que es ahorrar el espacio en sus bultos de viaje. Durante este viaje, los actos lúdicos de relevancia se redujeron a tres. Uno de ellos constituye el último episodio de esta saga, por lo que aún ha de esperar. Otro fue una visita a una bolera china, que es como una bolera americana pero llena de chinos. El material es el mismo, el ruido es el mismo y se hace el gilipollas de igual manera en ambas, por lo que no ha lugar a comentario. Y el tercero fue la afición nacional china: ¡¡¡el karaoke!!! Aqueste invento japonés, cuyo mejor juego de palabras pergeñó ETB hará ya unos años con su verbena móvil por los pueblos de la tierra vasca y el programa llamado Euskaraoke, es la actividad lúdica de más éxito en China, lo cual es todo un mérito, considerando el tradicional (y parece que justificado) poco aprecio chino por las cosas del Japón. Esto tiene una consecuencia fundamental: ¡los chinos cantan estupendamente! Pero tardan en lanzarse, leches.

Durante la semana, la amenaza del karaoke pendía sobre las cabezas de los avezados viajeros. Fue desde el momento en que Deborah admitió que eso del karaoke no le gustaba nada, confesando con un mohín que cuando abría la boca para lanzar lindos gorgoritos sonoros se producía un cerrarse de cielos que ríete tú del Gólgota, y que en consecuencia ella no pensaba cantar, que empezamos a insistir en la posibilidad de ir a un karaoke, con soterrados comentarios a nuestros anfitriones. Que pensando que, evidentemente, nos entretenían en grado sumo, devotos nos condujeron al karaoke de nuestro hotel en Guiyang. ¿Guiyang? ¿Nombre nuevo? Sí, queridos. Una de las cosas que tiene irse a China es que en sólo una semanita los imposibles nombres chinos no te parecen una cosa tan difícil y se distinguen no diré que estupendamente, pero se distinguen. Guiyang es la capital de la provincia de Guizhou, una zona más pobre que Hunan, con un 70% de analfabetos. Su aeropuerto es, sin embargo, el último grito. Allí llegamos en el primer vuelo realmente nacional que hacemos en China. Sin gente de Hong Kong ni americanos. Los chinos siguen todavía disfrutando de la excitación de volar: no dejan una miga del catering, y cuando el avión despega o aterriza se pegan en filas de tres junto a las ventanas, intentando no perderse detalle de la operación, y apretujando, si necesario, al pasajero correspondiente. Y no son unos pocos, no. Lo hacen todos, mecachis. Ni qué decir tiene que el avión no cambia las costumbres gastronómicas, por supuesto. Y que tienen tendencia a llevar todo su equipaje en cabina, envuelto en numerosas bolsas de plástico, cada una de las cuales cumple los requisitos de espacio, pero yo diría que el conjunto de todas más bien no. No sé si tendrán miedo a facturar, cosa que no se debería, porque los chinos tienen una cosa muy buena en su sistema de recogida de equipajes, puesto que comprueban que la maleta que te llevas está marcada con el número que tienes en tu recibo de equipaje que te dan con la tarjeta de emabrque. Una cosa que no he visto en otro sitio y que evidentemente impide los robos de maletas en la misma cinta de equipaje. Eso sí, no sé qué pasará como te equivoques, puesto que el personaje que comprueba las maletas está vestido con los galones del partido.

Guiyang es una ciudad más fresca y me atrevo a decir que más bonita que Changsha, pero por la simple razón de que se ve algo. Además, está entre montañas, en una zona verde que parece chula. En este sitio nos alojamos en una hotel típico: ¡el Holiday Inn! A pesar de la franquicia yanqui, el inglés es sensiblemente peor al de Changsha. Los gorritos de los sacarinos son tan espantosos que inducen a la risa (hago un esfuerzo y me contengo cual periodista en rueda de prensa del presidente del gobierno). El Holiday Inn, evidentemente, dispone de un karaoke, pero en contra de lo esperado, sus salas son privadas. Allí nos reunimos Deborah, Geoff, Grace, dos chinos más (un chino y una china: ¿les he dicho ya que la discriminación sexual aparentemente no existe en el mundo laboral ni en el social? Aunque un día en una comida dos de los anfitriones, chico y chica, montaron un pollo para ver quién pagaba: ganó él), y un servidor. El primer problema es el menú de canciones. Hay así como veinte páginas de canciones chinas y tres de canciones en inglés, y, al parecer, a los chinos en inglés les gusta cantar cosas lentas, melosas y latosísimas tipo When a Man Loves a Woman, Everytime You Go Away, Your Song, o cualquier pieza trufada de almíbar compuesta por Paul McCartney. Así que Geoff, que se las sabe todas y sabía que los chinos esperaran a que nos lanzáramos y si no lo mismo se sentían ofendidos, se arrancó con la pieza más marchosa del repertorio: Wake Me Up Before You Go Go… Bien, piensen en la revelación: un inglés que sobrepasa sobradamente los cincuenta atacando por sorpresa a cantar una canción de George Michael y su primo de cuando usaban crema base y vestían shorts ceñidos hasta el dolor en los videos…. Yo, por mi parte, muy profesionalmente, me atreví con el New York Mining Disaster de los Bee Gees o el Vincent (qué sorpresa encontrarse esta canción en un karaoke chino) de Don McLean, antes de que Deborah decidiera soltarse en la intimidad de nuestra sala privada y se atreviera a entonar nada menos que How Deep is Your Love y… Careless Whispers en imprevistos duetos con este que les narra mientras enrojecía (ella) significativamente. Ay, la música que todo lo enternece… Ni qué decir tiene que sólo tras dos horas de mis ruegos enfebrecidos, mientras Albión y China alucinaban con el ‘apasionado latino’ (y claro, me entraba la risa con la definición), tiempo en el que haciendo uso del microphone intentaba anunciar a ‘Grace’, la famosa cantante llegada desde un cabaret de Shanghai, que esta se decidió a coger el micrófono y dejarnos pasmados con un chorro de voz impensable en tan pequeño cuerpo, oigan. Con una canción en chino, claro está. Ella misma le quitó importancia al asunto, diciendo que simplemente tenía más práctica (¡fíjate!). El caso es que cuando los otros dos chinos cogieron el micrófono, la sensación fue la misma. Claro que a pesar de lo bien que cantan, nada que comparar con mi versión del Material Girl de madonna, cantando en la escala más grave que mis pobres cuerdas vocales permiten. Se reían, los cabrones.

Grace empezó su sutil venganza, comentando entre risas lo que ella ya llama mi nombre chino. Resulta evidente que ni ‘Gregorio’ ni ‘Borge’ son palabros pronunciables por una garganta más al norte de los Pirineos. No digamos ya en el lejano oriente, donde les sonaba directamente a marciano. Así que cuando intentaba decirles que me podían llamar ‘Goio’ (aunque ellos siempre
dirán Mr. Goio, porque no entienden eso del nombre sin el mister), alguien llegó a la conclusión de que eso sonaba muy parecido a ‘gao yang’, y posteriormente Grace se dedicó a explicárselo a todo el mundo, entre risas despendoladas de todos los chinos que la oían. El caso es que salvo engaño absoluto (como a un chino, que diría el tópico), el dichoso ‘gao yang’ significa una cosa tal que ‘high sun’, el sol en lo alto, la luz del mediodía, la estrella que ilumina los días. Con lo bonito que suena, ¿cómo voy a protestar?

Y después del karaoke, cuyo verdadero significado cultural comprendí años más tarde, llegaría la China rural…

Distancia Changsha – Guiyang: 838 km
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa iii de v)

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