Queridas (y desaparecidas) Madames,
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¡Miren, miren! ¡Cuánta alegría me ha dado encontrar en la red la habitación de Marcel! (en el blog de una escritora cubana, quién me lo iba a decir). Un sillón, un escritorio, un diván, y la sencilla cama con su colcha azul, que, la verdad, no parece de la época. Esto al parecer se conserva en un museo parisino, el Carnavalet, dedicado a la historia de París, y que reconozco no conocer. Creo no obstante que en un futuro daré un paseo por la rue Sevigné para buscarlo, como ya hice con Pere Lachaise en su día, y sería estupendo que me acompañaran.
¿Ustedes limpian y ventilan bien las habitaciones de sus hijos? Espero que sí, porque he descubierto cuán importantes son para que los muchachos crezcan en amor hacia su familia. En la mitad del segundo libro, y prácticamente partiendo en dos el mismo (París y Balbec, Gilberta y Albertina, invierno y verano), Marcel vuelve a despertar en una habitación, pero en este caso no es la de la infancia donde su madre debía darle el beso de buenas noches para un buen descanso, sino en el hotel de Balbec donde pasará el verano de su pubertad. Si al inicio del primer volumen Marcel sufría una ensoñación en el límite entre la realidad y la ficción, o entre el sueño y la vigilia, y así despertaba tanto a la vida como a la novela, setecientas páginas después se ha desplazado en el espacio, algo también en el tiempo, para descubrir el desgarro que suponen las personas y cosas que dejamos atrás, que se rebelan en nuestras almas por ser potencialmente olvidables al despertar en una nueva habitación/vida. Temo que la fuerza que impulsa el libro era el horror de Marcel a despertarse en cama distinta a la suya. Supone para él un sentimiento de pérdida al encontrarse entre elementos que no reconoce pero que pudieran convertirse para él en más importantes que los que actualmente le son imprescindibles y aún ama.
No sé qué aconsejarles, la verdad. Si limpiar de necedades infantiles las alcobas de sus retoños, o bien proveerlas de los correspondientes mementos que aseguren el recuerdo de la tierna mente infantil durante años. Denles besos, en cualquier caso. Léanles libros al anochecer. Intenten hacerles felices, a ser posible no tan ensoñadores, aunque sí poetas. Porque en Marcel he aprendido alguna cosa que por lacerante no debo dejar de recordarles en la educación: Cuando uno es desgraciado, se vuelve muy moral
Suya,
Madame de Borge

2 comentarios en “La habitación del hijo”

  1. Querido Monsieur Mascaró,

    su comentario y la wikipedia me han revelado que 'gusano' es el nombre que se da a los contrarrevolucionarios cubanos, cosa que desconocía. Sí, en efecto, siguiendo esta terminología protoanélida, nos encontramos ante un caso así, dado que la escritora cubana es Zoe Valdés. Aunque no por estar en París y ser escritora cubana se tiene que ser necesariamente gusano, digo yo, bien que en su día viajaba el excelso Carpentier, por poner un ejemplo. Mi comentario, en cualquier caso, venía a subrayar que desconocía afinidades entre Valdés y Proust, y que tenía entendido que practicaba otra literatura. Comentario injusto, de todos modos, ya que no he leído nada de ella.

    Queda agradecido su comentario. La idea de que pocas Madames y Messieurs me siguen se ve contrarrestada gratamente cuando sólo un comentario asoma la tête. Merci bien!

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