Querida Madame Proust,

Mírelo, mírelo como sí que Marcel tiene sentido del humor. Se lo explico en sus diferentes formas:

– El chiste malo (pronunciado por un médico):

Y sobre todo, póngale a leche. Más adelante, cuando hayamos acabado con los ataques y con la agripnia, no tengo inconveniente en que tome usted alguna sopa y algún puré; pero a leche, siempre a leche. Eso le gustará a usted, porque en España está de moda. (Este chiste era conocidísimo de sus alumnos porque le soltaba en el hospital cada vez que ponía a régimen lácteo a un hepático o a un cardíaco)

– La conversación frívola social (en la tertulia de Swann):

–[…] Yo hago con mucho gusto cualquier cosa que sea favorable a mi marido.

–Pero, señora, lo primero es poder hacerlo. Probablemente usted no es nerviosa. Yo, en cuanto veo a la mujer del ministro de la Guerra haciendo gestos, me pongo a imitarla sin querer. Es una desgracia tener un temperamento así.

–¡Ah, sí! He oído decir que esa señora hace muecas nerviosas; mi marido conoce también a un personaje muy elevado, y claro, los hombres cuando se ponen a hablar…

–Ocurre lo que con el jefe del protocolo, que es corcovado: en cuanto está cinco minutos en mi casa no puedo por menos de ir a tocarle la joroba, es fatal.

– Comedia sexual entre adolescentes:

<> viendo que me lanzaba sobre ella para besarla. Pero yo me dije que cuando una muchacha llama a un mozalbete que vaya a su cuarto en secreto y se las arregla para que su tía no se entere, será para algo, y además que la audacia sale bien a los que saben aprovecharse de la ocasión; en el estado de exaltación en que yo estaba, la redonda cara de Albertina, iluminada, como por una lamparilla, por un fuego interno, cobraba para mí tal relieve, que, imitando la rotación de una ardiente esfera, me parecía que daba vueltas como esas figuras de Miguel Ángel arrastradas por inmóvil y vertiginoso torbellino. Por fin iba a conocer el sabor y el olor de aquel misterioso fruto rosado. Oí un ruido precipitado, chillón y prolongado. Albertina había tirado de la campanilla con todas sus fuerzas.

Reconozco, Madame, que la lectura del primer volumen me produjo más carcajadas, siempre esporádicas eso sí, que la de este segundo libro. Aún así, espero seguir disfrutando de estas perlas inesperadas que, a decir verdad, desconozco si según los contextos me provocarían diferentes reacciones.

Suya,

Madame de Borge

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