(vía)

Los intrépidos viajeros comenzaron su andadura en la China comunista en la ciudad de Changsha, capital de la provincia de Hunan. Changsha, a una hora y cuarto en avión de Hong Kong, es una de esas pequeñas ciudades de provincias chinas. Sólo tiene cinco millones de habitantes y para el habitante de la pequeña ciudad del norte, es inmensa. Olvidada del tópico bicicletero, todo el mundo se mueve aquí en coche, de modo que la niebla poluta marca la ciudad, conocida además por sus temperaturas como ‘el horno de China’ (ahí es nada). Ya lo decía la profa: aquí es donde vais a empezar a pagar, con sudor…

Volamos a Changsha de noche, en un avión lleno de parejas americanas. Ruidosas as usual, incluso pelín excitadas, era evidente que no viajaban por negocios. Pero yo me preguntaba curioso cuál era el interés turístico de Changsha. Sólo uno, según las guías: el hecho de que la provincia es lugar de nacimiento del chairman Mao, que nació a unos kilómetros de Changsha y vivió en la ciudad. Debe haber un museo y todo donde la gente aprende que fue un comunista revolucionario venido de las clases altas, que lo suyo no era por pobreza o hambre, sino por teoría (y así propuso cosas como el gran salto adelante, que casi me los mata de hambre a todos). También hay un parque acuático y temático, llamado ‘La ventana del mundo’, donde hay reproducciones de monumentos del mundo. Algunas de tamaño bestial; doy fe, porque esto se encuentra entre el aeropuerto y la ciudad, y desde la ventanita del coche, audaz yo, pregunté extrañado qué coño hacía el campanario de la plaza de San Marcos ahí perdido. Geoff me informó de que incluso tienen una Alhambra en pequeñito. Qué cosas, oigan. ¿Pueden venir estos yanquis amantes de las reproducciones de Las Vegas a seguir viendo cartón piedra hasta acá?. No sé, puede haber americanos bizarros, en todas partes del mundo, pero estos no parecían dotados ni del don de la aventura ni del de los dólares a espuertas, sino más bien de un aura de clase media, perdida ahora en esta esquina del mundo. Sí están dotados, repito, del don del ruido…

En Changsha conocemos a la cuarta persona para este viaje, imprescindible sherpa si uno va a venturarse en la China real. Chino, por supuesto. De los que no sólo habla inglés, sino que además lo entiende -hallelujah!- Y no chino, sino china. De nombre el que sea, pero cambiado a Grace. Muchos chinos se han cambiado dos de sus nombres y adoptado en su lugar un nombre occidental (generalmente anglosajón) para ponerlo en sus tarjetas en sus relaciones con el viento del oeste. Pero no es su nombre real. Esto de los nombres chinos tiene su intríngulis. La mitad de los chinos debe acudir periódicamente a su pitoniso o experto en las artes nigrománticas si las cosas le han ido mal durante el año, y este le puede decir que vaya a la tumba de sus antepasados y oriente la lápida al sur suroeste, o bien que, por ejemplo, se cambie de nombre. De modo que el que el año pasado era Liu Tang Zhang este año puede ser Li Hao Niu. Ahora imaginad el follón en un país de 1300 millones de pollos donde cinco apellidos definen al 30% de la población. Grace supone una revelación, porque es la primera persona que conozco oriunda y residente en Shanghai. Y eso es como que un mito se hace carne, mientras pizcas de celuloide vienen a la memoria. ¿Necesitáis descripción? Bueno, Grace es… china. Es que es otra categoría. Tengo que conocer más para comparar. Eso sí, elegante a su manera. ¿Como salida de un cabaret del opio? Bueno, yo no diría tanto, pero…

Grace no conduce, sino que siempre se busca chóferes. Más tarde entenderé que en China el que conduce ha de ser un profesional. Grace nos aloja en un hotel del centro de la ciudad, un megarrascacielos de cinco estrellas a precio de baratillo gracias a que su empresa tiene enchufe. Es como si aquí empezara el parque temático del occidental protegido en el lejano oriente. ‘Chinese, you know, they look after you’, me avisa Geoff. A la mañana siguiente, el desayuno se revela, con suspiros de satisfacción, como occidental. Porque los platos chinos que también se sirven en el buffet no invitan a su deglución así en ayunas y sin avisar. Por las ventanas apenas se ven los rascacielos de la zona, envueltos en su niebla sempiterna. Hay tres o cuatro hoteles más para occidentales por acá, todos de lujo. Por las ventanas se ve que en esta ciudad no hay pobreza aparente, al menos en el centro. Aunque se llevan mucho los comercios familiares, abiertos hasta bien entrada la noche, incluso sábados y domingos, la persiana de taller levantada, los artículos a la venta, una cortina en la parte de atrás separando un catre, un baño. Pero no hay gente trasladando enseres o alimentos en cestas, ni cosas así. Veo a algunas de las parejas del avión de anoche desayunando en el hotel y me pregunto por lo raros que siguen siendo los americanos. Al día siguiente, lo entiendo. La mayoría de ellos tienen un niño chino en sus brazos. ¡Han venido a adoptar! ¡¡Y lo hacen en manada!! Qué ricos que son los niños chinos, oigan. Da qué pensar ver a estas parejas yanquis, pesando entre los dos más de doscientos kilos, con sus shorts, algunos con sus madres/suegras, viajando tan lejos a nutrirse del mercado de niños. Aunque al menos uno se siente tentado a perdonar su excitación del avión, sabiendo que el momento de recoger al niño debe ser un esperado punto final a un proceso demasiado largo. Y qué coño, están forrados en comparación, y si pensamos que si son niñas las adoptadas, podrían tener los días contados en este país en que todo el mundo quiere varones.

Changsha es el primer contacto con muchas cosas de la China china. Así, como ciudad origen de Mao, está desprovista de cualquier atisbo de tradición china, incluido que no se ve ni un templo ni un edificio tradicional. Luego se confirma en el resto de la provincia que nadie viste a la manera tradicional, es todo vestimenta occidental, mejor o peor, pero occidental. En los hoteles, los adolescentos y las adolescentas, ellos delgadísimos, ellas pequeñísimas, trabajan embutidos en uniformes de cadenas americanas de hoteles. En la calles, los hombres de negocio visten camisa sin corbata, alguna vez chaqueta, pero siempre tratando de combatir el calor. En los restaurantes el té y la comida son servidos por mujeres jóvenes, vestidas incluso con corbata o con uniformes de cierto aspecto oficial. Y es que en Changsha por fin vamos a comer a lo chino… El principal tópico que he visto cumplido en China es que ciertamente son un poco guarretes comiendo. No es que uno no lo soporte, peor se lleva la tendencia a escupir en mitad de la calle, y, sobre todo, los ruidosos prolegómenos que llevan a la formación del esputo o japo en las vias respiratorias del infractor y que anuncian inexorables la existencia del salivazo contundente y su caída sobre el asfalto, allá donde lo haya. Lo primero es acostumbrarse a los palillos, cosa que no es tan difícil; más difícil es acostumbrarse a tener que ser siempre el primero que los usa, mientras una colección de chinos sentados a tu mesa espera para descojonarse si se te cae todo, o bien se sorprende cuando pasados unos días eres capaz de hacer virguerías cogiendo cacahuetes con los palillos como si hubieras nacido con ellos. Lo guapo es comprobar los diferentes tipos de palillos. Los de restaurantes elegantes son una mierda: pulidos, largos, pesados, todo resbala, y hay que tener unas falanges para aguantarlos que ni el Manostijeras. Pero en otros sitios te los traen naturales, más cortos y ligeros, algunos todavía unidos por la parte superior, de modo que tienes que separar las dos piezas de madera y frotar un palillo contra otro para eliminar las pequeñas astillas. Seguimos con las servilletas, que sólo existen, de nuevo, en la ciudad y en restaurantes elegantes. En el resto, hay que apañárselas con kleenex que ellos mismos dan. Y claro, no son un primor de elegancia al servir el té, sino que en muchas ocasiones la cosa gotea que da gusto, y si te cae algo encima, pues… que debe ser lo normal, oigan. En todos lados, eso sí, tienen toallas húmedas calientes para limpiarse morros, dedos y caras, e hidratarse un poco la piel. Después, se da cuenta uno de que no tiene plato. Todo lo que quiera comerse lo coge uno de la mesa giratoria central donde ponen las fuentes, en las que hay que dejar siempre algo de comida, puesto que lo contrario -que las fuentes se acaben- es inelegante, y como mucho usa un bol con su cuchara o el plato que queda debajo de la tacita de té. La cocina de Hunan es una de las ocho grandes escuelas culinarias de China (la comida china que podamos conocer en occidente es fundamentalmente cantonesa) y es la más picante, con muchos platos preparados con pimientos clasificables por un morrosko como ‘de los de verdad, pues, la hostia, joder cómo pica’. Los ingleses, fieras pardas asquerosos currýfilos, disfrutaban más. Lo cual no quiere decir que no haya platos estupendos, que los hay, dulces y de sabores más reconocibles. ¡Incluso tortillas! ¡Y pastelitos!. No hay ensaladas. Toda la verdura está cocida, algunas realmente muy al dente. El arroz casi nunca se sirve al principio, sino al final, a veces preguntan si lo quieres, y si es el de verdad es totalmente blanco. Que sepas que si lo sirven frito o con verduritas es que lo han preparado así en honor al turista. Se sorprenden de que nos guste el arroz. Y no digo nada cuando informo de que en tierras españolas existen múltiples formas de disfrutar del arroz (la palabra paella no les resulta familiar). Pero el caso es que el arroz es simplemente para completar el que te hayas quedado con hambre. Y cuando la comida es completa, siempre sirven un pescado cocinado, muerto y enterito, que es un primor intentar coger pedacitos del mismo con los palillos. Y por lo que cuentan, los chicos se han acostumbrado bastante a cuál puede ser el gusto occidental, preguntan qué quieres tomar y ya no sacan cosas para valientes, al estilo de escorpiones fritos (‘like chewing plastic’, copyright Geoff), hormigas u otras lindezas. Lo más heavy que vi servido? Apenas unas patas de gallina (ni probar), una sopa de serpiente (rica rica), una tortuga (no me gustó nada por estar llena de huesecillos; los chinos se meten estas cosas a la boca, los trozos de pollo, de serpiente, las gambas enteritas, con sus dientes extraen toda la sustancia, y después escupen los restos en un bol, ahora lo hacen con discreción, en los good old times escupían directamente al suelo…) Aparte del té, que a veces sirven en contacto con las hierbas mismas del que lo extraen, puede uno beber otra cosa. La cerveza es maja. ¿Las marcas más extendidas? Tsing-tao, fabricada siguiendo el método alemán por una brewery instalada en China hace años, Heineken, y… ¡¡¡San Miguel!!! También el vino chino (vino de uvas, entiéndase) es aceptable, aunque caro. El vino de arroz, servido en dedales a beber de un trago, es alcohol a lo burro. Sólo bebimos esto en una ocasión, en la que la pobre Deborah floreció de colores y a poco más se cae de espaldas, entre risas de los comensales. Al final de la comida, casi siempre hay un plato de fruta con sandía fresquita y con más sabor de la que suele haber por nuestros lares. En general lo lleva uno bien, aunque he adelgazado casi tres kilos. También es cierto que esto de picar hace que uno coma menos cuando los sabores no son los suyos, y que el calor ayudaba a la dieta… Por cierto, que China es el país del agua embotellada, que viene muy bien para lavarse los dientes en el hotel, puesto que no se recomienda lavárselos con agua del grifo. Ello me ha llevado a usar Evian para estos menesteres, y, en cierta ocasión, incluso… ¡Perrier! Con sus burbujitas… Oh, mon dieu…

Distancia Hong Kong – Changsha: 831 kms
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa ii de v)

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