Llegar a China por Hong Kong es como llegar a China sin llegar a China. Además es como se la define, ‘It is China but it is not China’. Hong Kong mantiene el diseño british: los enchufes son como en Inglaterra, los coches conducen por la izquierda, los cruces recuerdan al Londres de las pintaditas ‘look left’ y ‘look right’, las calles tienen el regusto imperial tan maravilloso (Waterloo Road, Bayswater Road, etc…) y hasta hay autobuses de dos pisos. Y tienen su propia moneda, el dólar de Hong Kong, que vale lo que el yuan, pero es de Hong Kong. Pero que se desengañen los que piensan que crean que pueden desenvolverse sin ningún problema en inglés. No, no. Acá la gente por no hablar no habla chino mandarín, sino cantonés, el idioma en que están rodadas las películas de Hong Kong. Las emiten subtituladas en dos idiomas: mandarín e inglés. Que, al menos para ellos, son un modo efectivo de echar unas risas.

Llegar a Hong Kong ha perdido el encanto de lo narrado por gente aterrizada en este lugar antes de que se abriera el nuevo aeropuerto. Según dicen las lenguas de la experiencia, se aterrizaba entre rascacielos, y mientras tú te agarrabas los machos cuando el jumbo loco se aproximaba a la pista, podías observar cómo los vecinos se preparaban los noodles, el pato lacado o se daban una ducha en uno de esos apartamentos mínimos tipo In the Mood for Love. Ahora no, el aeropuerto de Hong Kong es nuevo y modernísimo, como muchos de China; está en una de las islas de la zona, alejada del centro clásico (downtown de rascacielos apiñados contra los montes) y con un tren express hasta la isla de Hong Kong o la península de Kowloon, enclaves clásicos del lugar. Eso sí, quien reserve hotel, que pida, que ruegue, que exhorte, que le envíen por fax el nombre del mismo hotel escrito en ideogramas chinos. Yo pregunté al taxista por el Hotel Metropole. Y él tan feliz de haberme entendido y yo tan feliz de que esos indeseables que dicen que en Hong Kong no se habla inglés estaban equivocados… hasta que en vez de al Metropole casi me deja en el Marco Polo. Vaaaaaaaale, los nombres se parecen, pero es que el Metropole es
un hotel de tres estrellas muy majete, y el Marco Polo es un cinco estrellas que-te-cagas, el tipo de lugar al que sin duda mi aspecto después de doce horas volando indica que un hombre de mi savoir faire debe alojarse. Afortunadamente, abrí medio ojo antes de bajar, y tuve una discusión de lo más interesante con él en algo definible como chinglés con acento cañí. El pobre hombre leía Metropole como Marco Polo, y no entendía. Finalmente, sagaz él, buscó en su guía, lo encontró en inglés y su traducción a ideogramas, me llevó hasta allí, y me cobró una tercera parte de la carrera. Majo, ¿no? Pues no sé, porque otra característica de los taxis de Hong Kong es que parece que los muchachos tienen un poquito de prisa. Tuvimos que coger varios taxis, y puedo asegurar que los cuerpos de los tres ocupantes del asiento trasero se arrebujaron más de una vez en infinitos arabescos mientras nuestro chino conductor se despendolaba a cienes de kilómetros hora por las curvas de la ciudad encajonada entre agua y montañas, como si de un Han Solo en busca de su princesa senadora se tratara. ¿Cómo? ¿Que qué tres ocupantes? No hay problema, yo se los describo. Mencionemos primero, ladies first, a nuestra querida señorita Deborah, nacida en Manchester, mujer de treinta años y cierta rotundidad, de rasgos bien dibujados, sorprendentemente -considerando su país de origen- guapa, y que, aunque dotada de la especialmente absurda capacidad de las mujeres inglesas por vestirse como si tuvieran veinte años más de su edad, cuando menos no usaba prendas horteras o dignas de un jubileo real. El segundo ocupante, de nombre Geoff, me recuerda siempre a una vieja canción de Bowie, Joe the lion, debido a su apellido, Lyon precisamente. Nada que ver, sin embargo, con el apolíneo rey del glam. Peinado Anasagasti, canas abundantes, sonrisa torcida, piel sonrosaditamente inglesa –es decir, pertinazmente roja-, barriga de cierto volumen, al andar da la sensación de
que en cualquier momento puede derrumbarse y no levantarse. Geoff, a punto de jubilarse, ha viajado durante doce años a China, lo que sin duda ha dejado huella en una especie de pachorra infinita y una admiración confesada y sorprendentemente lúcida por Baloo (recuerden El libro de la selva). El tercer ocupante del taxi: su cronista (-yo mismo-). Con ellos compartiré mis días en tan lejanas tierras. Por supuesto, en los taxis, Deborah siempre se sienta en el medio.

Hong Kong es fea y bizarra. Es como una Chinatown a lo bestia, llena de comercios en las calles y tiendas de lujo en multitud de centros comerciales. Puede recordar algo a algunas de las ciudades británicas coloniales: rascacielos combinados con algún edificio victoriano (aquí muy escasos, apenas el Hotel Península y poco más), como Montreal o Sydney, pero sus rascacielos son más bien feos, no tiene la amplitud de estas ciudades por estar rodeada de montañas, y el tiempo es tropical y bochornoso. Como Hong Kong está históricamente formada por cuatro islas, está toda llenita de transbordadores, lo cual recuerda a Sydney. Pero es realmente complicada para que los peatones la disfruten. Y la atraviesan autopistas. Supongo que habría quedado fatal pedirles a mis acompañantes profesionales que visitáramos una exposición de Giacometti, pero casi habría sido lo mejor. En contrapartida, y en pleno domingo, estuvimos paseando por la ciudad observando cómo las criadas filipinas pasan su día libre sentadas en las aceras, debajo de los pasos a nivel, o protegiéndose del sol con paraguas multiuso, dejando que pasen las horas mientras comen en el suelo, se peinan, o simplemente se miran aburridas unas a otras bajo la calima reinante. Disfrutamos de un paseo en el piso superior de un tranvía, con los productos de los comercios chinos metiéndose casi hasta el hocico. Bueno, la verdad es que en tan sólo tres horas viajamos en metro (modernísimo), transbordador (con pinta de ser de la época de cuando el jubileo, pero el de la reina victoria), tranvía (lentíííííísimo), funicular (acojonantemente empinado), autobús (fresquito fresquito) y taxi (misma tendencia antes explicada). ¡Más medios de transporte que en Amsterdam!. Eso sí, puestos a comer, Hong Kong mantiene restaurantes de las cocinas de todo el mundo. Presumiendo hábilmente que nuestros días venideros iban a ser inundados de los múltiples manjares de las cocinas chinas, decidimos utilizar, todavía, por un día, nuestros amados cuchillo y tenedor. Fue en uno de estos restaurantes cuando mi jet lag se deshizo, mi modorra murió, mi ser vino a la vida, ante un extraño cartel con unas caras conocidas para mí. Y un lenguaje familiar. Sí, un cartel de cine a la salida de un restaurante. En el idioma de Felipe II. Película, con su título: Hong Kong, el puerto de los mil peligros. Starring: Rhonda Fleming. ¿Partenaire?: ese tipo que me sonaba tan familiar, un tal Ronald Reagan. Con semejante panorama, quién no esperaría aventuras exóticas…

Distancia Ripley – Hong Kong: 12.900 kms
Viaje realizado en mayo de 2002 (etapa i de v)

Un comentario en “El puerto de los mil peligros”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *