Reunión de proustianos, cerveza agotada

Querida Madame Proust,

Sirva esta nota para comunicarle que recientemente y en el transcurso de un viaje en tren, en algún lugar de la frontera catalanoaragonesa comencé la lectura de A la sombra de las muchachas en flor, segundo volumen de Á la recherche. Aunque sé que los doctores no recomiendan a Marcel que viaje, qué duda cabe que él desea conocer mundo aunque la idea de hacerlo enseguida le haga enfermar por no poder abarcar todo el mundo que desea conocer. ¡Su hijo es tan maravillosamente diferente!

En estos meses no he tenido abandonada ni a Combray ni a sus sentimientos, no crea. Nada sería más cruel que olvidar proustizar todo lo que a mi alrededor sucede, pues, qué duda cabe, el mundo ya fue explicado antes por Marcel. Pongo por ejemplo esta cita que encontré:

El pasado, decía Proust, no sólo es fugaz, es que no se mueve de sitio. Con París pasa lo mismo, jamás ha salido de viaje. Y encima es interminable, no se acaba nunca.
(Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca)

Claro que parece que este señor don Enrique, escritor catalán que como Marcel no hace más que contarnos su propia vida inventada, nunca deja a Marcel de lado. Observe usted:

…comprendió que era absurdo estar comportándose como ciertas personas de las que hablaba Proust: <<...lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado>>
(Enrique Vila-Matas, Dublinesca)

Ya ve usted qué grande es el peso de Marcel, pero qué poco entendemos todos que no salga nunca de viaje y pueda así, por ejemplo, conocer a sus admiradores que en reuniones como la de la ilustración superior se dedican deslaismizar sus traducciones entre vasos de esa cerveza de tan agradables efectos digestivos. Aunque, debo confesarle, mi tren finalmente no llegó a destino. Dicen que algún anarquista u otro activista de aún más baja estofa, cortó malintencionadamente las vías, y tuvimos que ser transportadas en autobús a nuestros destinos a causa de un comportamiento tan poco francés. Imagine el trajín de maletas y sombreros por la estación, las señoras que tuvieron que acomodar sus faldas y miriñaques a la angostura de los autocares. ¡Y alguna había olvidado perfumarse! Oh, el pequeño y débil Marcel hubiera disfrutado mucho en este viaje, pero no sé si hubiera soportado este infortunio.

Finalmente he conseguido llegar sana y salva a casa, donde mi marido me ha hecho unas friegas y me ha preparado un suculento pavo para almorzar. Cualquier día le digo la receta para que se la participe a Francisca.

Suya,
Madame de Borge

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