Llegar desde el frío Cincinnati, en pleno marzo, a San Diego, es toda una impresión. No sólo estamos a veinte graditos. Es que luce el sol, desde el avión ya se veía el mar, las colinas con sus casitas, los barcos cruzando la bahía, y desde el aeropuerto se divisan palmeritas, y mucha mayor mezcla de razas que en el waspérrimo Ohio. Uno diría que esto parece Florida, y en efecto no debemos ser los únicos que han pensado en ello. Uno de los mayores atractivos turísticos de San Diego es la isla de Coronado (sí, en efecto, como el apellido de nuestro actor más seducteur) donde se conserva el Hotel del Coronado, al parecer uno de los edificios norteamericanos de madera más grande que se conservan, construido en los años veinte y que sigue en activo -y da unos desayunos de miedo-, y que le sonaría a cualquier mortal. La razón es simple: aquí se rodó ‘Con faldas y a lo loco’, y en verdad es fácil recordar ese ambiente retro sin necesidad de ver las fotos de rodaje de Marilyn Monroe y Jack Lemmon que empapelan algunos escaparates de las tiendas del lugar. Casi podría parecer una construcción fantástica de la Disney, con su color blanco y rojo, su madera, sus almenas, sus pináculos. Siente uno una especial emoción al reconocer las columnas del salón donde dieron pasaporte a Botines, o por donde Tony Curtis corrió subido a sus tacones de músico de la legua. Bueno, algunos raritos, británicos para más señas, piensan que el lugar será recordado por ser donde se conocieron la pareja de hombres más famosa del siglo: Eduardo VIII y Wallis Simpson. Pero dejémosles que piensen a su manera.

Por lo demás, la ciudad no me ha parecido gran cosa. Es sorprendente cómo la venden los americanos y los británicos, pero creo que es por comparación. Siendo las ciudades americanas por lo general un espanto de cemento, tráfico y ruido, lugares sin apenas lugar en la historia y donde todo se diluye en la monotonía de un país construído por igual en casi todas partes -casi como si desde un principio hubieran aplicado los programas de ahorro de costes-, San Diego viene a ser una ciudad media que sin distinguirse tanto frente a las ciudades de interés estratosférico (Chicago, NYC, San Francisco, Nueva Orleans), al menos no es impersonal, se puede pasear, tiene unas playas cercanas estupendas, con una arena finísima y sin polvo, se puede visitar y es, como diría un alcalde en periodo preelectoral, crisol y cruce de culturas. El principal punto de interés de la ciudad sería el Gaslamp Quartier, centro más histórico de la ciudad, que conserva algunos viejos edificios de estilo colonial con sus balcones, su ladrillito, su blanco y azul, y que recuerda en algo, por momentos, al viejo barrio francés de Nueva Orleans. Hay sus tiendas y hoteles y zonas más alternativas y pubs peculiares. Pero es escasito, en realidad. Coincidir ahí con el martes de carnaval y la burda imitación del Mardi Gras de la sucia ciudad del Mississippi casi lo confirma. En Nueva Orleans estuve antes del 11S, es cierto; tal vez allí también pidan ahora identificación para entrar en el recinto ferial, con registro de bolsos y abrigos, después de haber pagado 10 dólares por entrar en calles públicas, sólo para que hordas de adolescentes bebidos arrollen prácticamente a las pocas mujeres que se atreven a levantar sus camisetas, las inunden de fotos, intenten hacerse ver desde las ventanas y los escasos balcones, o bien pasen por tu lado increpándote por hablar en castellano (algo sorprendente: dos negros llegaron a decírnoslo), mientras la policía se aposenta en cada esquina y, mala suerte eso sí en San Diego, cae la lluvia sobre la ciudad. Al jefe le regalaron un collarcito de ‘beads’ del carnaval, los que regalan los hombres cuando las mujeres enseñan las tetas, una chica cargada de ellos que pasó a su lado. Contento se puso el hombre.


San Diego tiene, además, un muy curioso parque, el Balboa Park, lleno de edificios resultado de alguna exposición que tuvo lugar en la ciudad en los años 10, a medias entre lo colonial y lo barroco, un lugar algo extraño y con encanto, pero al que más vale intentar llegar en coche y no ‘dando un paseíto’, que puede convertirse en una experiencia algo más pintoresca de lo deseado si no se sabe que hay que cruzar unas cuantas autopistas y ser objeto de las miradas de los jovencitos no se sabe si interesados, bebidos o bromeando del High School de la ciudad. El downtown es bastante pobre, aunque los centros comerciales tienen un curioso gusto por los colores pastel, las pequeñas tiendas pintorescas y los corredores al aire libre. Verdaderamente es este el país de los centros comerciales, ¿será cuestión de tiempo ver algo similar en países donde el tiempo también acompañe, como acá? Otro lugar menos interesante de lo esperado es el ‘Old Town’, primer asentamiento mexicano, así le dicen, de California. No hubo tiempo para investigar esta zona alejada del centro, con su iglesia de misión española, o sus casas de madera, pero no sé si merece: arrasada por el comercio y el turismo, llena de restaurantes de cocina mexicana para disfrute de los yanquis, es al menos un sitio en el que no tienen reparos en hablarte en español.

Porque esa es otra característica de San Diego: el enorme número de hispanos que se ve por todas partes. Aunque ello no asegura que vayas a practicar con facilidad la lengua de Cervantes. No, para nada. La mayoría de ellos trabaja en la hostelería, en hoteles y restaurantes, también como dependientes de tiendas. Y muchos rechazan hablarte en español incluso cuando en algunos casos les insistes. A veces parece miedo, puesto que el jefe puede estar mirándoles, mientras sirven la mesa o intentan explicarte algo de ese regalito que intentas comprar. Y otras no sabe uno si es que reservan el español para sus relaciones personales o que no encaja hablar en español si se trata de trabajar. Una chica de un restaurante nos indica que ‘ustedes los españoles sí que saben hablar el idioma’, y cuando uno intenta desmontar semejante chorrada, le sueltan que ‘tampoco los americanos saben el inglés bueno, ese lo saben los ingleses’, argumento de cierta contundencia pero que no creo aplicable al español. Busco en las librerías, algo pobres y escasas de San Diego, algún estudio sobre spanglish. No existe, no lo encuentran, no saben de qué hablo, y me remiten a una colección interminable de diccionarios de inglés y español. El empleado es de origen hawaiano o polinesio. Pero también hemos encontrado hispanoparlantes en mayor número de lo habitual en la feria que venimos a visitar. Estos, dedicados más a los negocios, no tienen reparos en hablar en español, menos mal. También es lógico, se supone que no viven acá, o si lo hacen no tienen el problema de los anteriores, tal vez ilegales y lógicamente temerosos. Abundaban peruanos, colombianos, mexicanos, argentinos. Tampoco tienen reparo los que trabajan en restaurantes mexicanos: parece parte del encanto el ofrecerte las margaritas -del tamaño de un katxi- ‘en sus rocas’ (on the rocks = con hielo) y en español. No puedo decir nada del restaurante español de la ciudad, en que no entramos. El ‘Café Pacífica’, con un banderolo español de impresión en la entrada, dos carteles grandísimos que decían ‘Sevilla’ y, según nos confirmaron unos clientes franceses que sí fueron, servicio vestido de flamenco. E hispanos se veían muchos en las calles vestiditos de marineritos. Como si esto fuera el NYC de las viejas películas de la IIGM, por ahí se veía a los muchachos marcando todo tipo de musculatura con sus uniformes ceñiditos de la Navy y sus caritas tiznadas recién salidas de la adolescencia pasear por las calles los poderes del ejército escogido por Dios para la última cruzada. ¿Es ironía que ahora sean los hispanos, segunda minoría del país, los que nutran al ejército americano? Me dijeron que Bush, al cepillarse el programa de ayuda a las madres solteras, había conseguido reducir drásticamente el número de niños negros que había nacido en el país en los últimos dos años. Así, instantáneamente. Parece que eso no funciona con los hispanos y su educación católica. Curioso que monten estos señores una guerrita de vez en cuando a la que enviar a los hijos de las minorías o a los pobres del país.


Los marineros en las calles responden a lo que en realidad da importancia actualmente a San Diego: la base naval más importante en el territorio americano del ejército de su majestad el Tío Sam. Mientras estuvimos allí salió el Nimitz de la misma (una enormidad, bien se veía desde el boardwalk deportivo de la ciudad) y al parecer fue la gran atracción turística del día. No lo sabemos seguro, pero teníamos una reunión con los miembros británicos, españoles y americanos de una multinacional, y nos tememos seriamente que los cuarenta minutos de retraso que les costó aparecer a los angloparlantes que debían estar allí se deben a que salieron al puerto a despedir gorrita y banderita en mano al barco. En el paseo marítimo de San Diego una estatua de un soldado abrazado a una chica inmortaliza tales momentos inolvidables. También hay un memorial que recoge los nombres de todos los ‘aircraft carrier’ del país. Luce el sol como en los días de gloria. Una avioneta como las publicitarias que vemos acá en el verano del Mediterráneo reivindicando a Ruiz Mateos expone un mensaje sucinto: ‘Free Iraq’. Dos días más tarde sale otro portaaviones que hay en la base, su destino es Corea del Sur. Este despierta menos adhesiones. No ha habido tiempo para disfrutar de las excursiones a esos sitios cercanos a San Diego, como pueden ser La Jolla o Palm Springs, donde se refugian golfistas, cineastas, o simplemente acaudalados. Tampoco pasamos a Tijuana. La verdad es que visto el plan que nos planteaban (cenita con coro de mariachis de fondo), casi es mejor. Que esa no parece la Tijuana canalla de Manu Chao.

Antes de volver a casa todavía nos esperaba una escala en la real America…

Distancia Cincinnati – San Diego: 3490 Kms
Viaje realizado en marzo de 2003 (etapa ii/iii)

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