Miriam Makeba (vía The Sydney Morning Herald)

Ahora que Sudáfrica está de moda, he recordado que visité el país hace ya un tiempo… Fue un viaje laboral, organizado con miedo y prisa por la empresa, y su principal característica era su rápida resolución. Aprovechando que los vuelos a Sudáfrica son nocturnos, sólo dos noches de hotel aseguraban tres días de trabajo a pleno rendimiento, con la mínima ausencia necesaria de los hogares donde esperan los niños, pesadilla, excusa, (¿bendición?), de la vida a partir de cierta edad. Por su lado, la búsqueda de tarifas aéreas más baratas me obligó a sufrir terriblemente y tener que pasar dos días enteritos en Londres con gastos pagados. Algunos hemos nacido para penar, qué se le va a hacer.

No es suficiente pasar una noche en Johanesburgo y otra noche en Nelspruit (un nombre de sonoridad verdaderamente afrikáner, y hoy sede de partidos del Mundial) para juzgar cómo es Sudáfrica y cómo son los sudafricanos. Para saber si los tópicos se cumplen: ¿realmente es Johanesburgo tan peligrosa? ¿colea de alguna manera el racismo? ¿la penosa situación médica que dicen los diarios es real? Sudáfrica es un país extraño. A los ojos del visitante recibido por blancos para hacer negocios, todo está controlado y es similar a lo que uno puede ver en otros países de los llamados desarrollados. Grandes autopistas e infraestructuras, buenos restaurantes y hoteles, bonitas tiendas de souvenires estupendos y exóticos a más no poder. Llama sobre todo la atención lo barato que es todo. Una noche en hotel de lujo junto al parque Kruger -el gran parque nacional del país donde puede visitarse toda la fauna megagrande que uno imagina en África- apenas cuesta 35 euros. El plato más caro en un restaurante de lujo no llega a los 7 euros. Y, sin embargo, en estos restaurantes, los negros, que son el 85% de la población, no comen, sino que sólo sirven mesas. En los vuelos internos uno está rodeado de caucásicos blanquísimos: los negros no vuelan. No, según dicen, ni siquiera hay transportes públicos, con la excusa de la seguridad. Si los negros tienen que moverse, simplemente andan, como si fueran Michael K. Los ves en las carreteras, en las autopistas, esperando que pase algo, normalmente solos, a veces en grupos pequeños, andan lento, por un paisaje verde aunque no fresco: es septiembre, el final del invierno, y, aunque dicen que es inusual, hacen 25 grados en Johanesburgo y 30 en Nelspruitt. Hay racismo, claro está, pero inicialmente sólo vemos el basado en economía. Visitamos empresas y nos saludan los gerentes, los directores financieros, los ingenieros que tienen carrera. Todos son blancos. Pero en planta trabajan negros, con jefes de planta blancos. Una de las empresas tiene un cierto aire colonial, con un edificio de relativo lujo -oh, sí, aire acondicionado cerca de la jungla, adornos de caza, una arrogancia british flotando en el ambiente-, rodeado de gran vegetación. Mientras nos reunimos, todos blancos, un negro pone la comida, otro retira los vasos usados, otro limpia la ventana por el exterior. Nos invitan a cenar: el gerente acosa a los camareros negros, les hace sacar continuadamente botellas de vino: first, this, second, that, then, the other, y yo me acuerdo de James Cagney en el ‘One, two, three’ de Billy Wilder vendiendo refrescos de cola en el Berlín Occidental. Devuelve un plato que le sirven porque no es la casseroule que él quería que fuera… this is nasty, awful… aunque luego se deshace en elogios delante del maitre del steak medium rare que pide que le sirvan, disgustado y sin querer el plato anterior. Eso sí, el maitre es blanco…

¿Es el país inseguro? Hay control de seguridad en una garita instalada unos dos kilómetros antes de entrar en coche en el hotel, una instalación tipo resort llamada Caesars, de la misma cadena que el famoso casino de Las Vegas, hecho a su imagen y semejanza, igual de espantoso, con tiendas de lujo, exóticas y un casino. Y que, a fin de cuentas, te encierra en una cárcel. Cuando conducen, cierran siempre los dispositivos de seguridad, aunque sea para un trayecto pequeño. Pero poco más veo. No noto excesiva presencia policial, a pesar de que son días en que Tony Blair y compañía han estado por acá, de cumbre medioambiental que en pocos meses se olvidará convenientemente.

De Johanesburgo volamos a Nelspruit en uno de los aviones más pequeños en que nunca he viajado, en dura competencia con algunas avionetas para vuelos locales que a veces le toca sufrir al viajero. Nelspruitt es pequeñita y capital del sur del parque Kruger (la región se llama Mpumalanga). Se ven menos negros acá, incluso gran parte del servicio es blanco, dando la sensación de que esto es un valor añadido, como esos moteles americanos que ponen sus neones de ‘american owned’ como valor añadido frente a los hoteles regentados por indios. No se come nada mal, aunque nos llevan a restaurantes de comida europea, italiana, francesa, o –mira por dónde a 10000 kms de casa- ‘mediterranean fusion’, y queda en el aire saber si esto es lo que comen habitualmente nuestros anfitriones. Lo digo porque en un lunch informal en una de las empresas nos pusieron unos bocaditos con comida dulce y salada mezcladas que fueron simplemente espantosos y que por un tiempo me llevaron a pensar en las peores experiencias gastronómicas chinocoreanas que he tenido.

La vuelta de Nelspruit a Johanesburgo sí que fue divertida. Se levantó tormenta interesante camino del aeropuerto. Nunca había facturado tan tarde, sólo cinco minutos antes de salir el avión. Claro que hay que ver el aeropuerto: más o menos tan grande como el salón de una casa, con cuatro sillas y un miserable mostrador. Decían estar haciendo uno nuevo, lo cual el señor Mundial agradecería: en su día, al ser la pista bastante pequeña el piloto, al aterrizar, se asegura de que no se le acabará la pista con un movimiento vertical de descenso en los últimos veinte metros que repercute directamente en las posaderas del viajero con el consiguiente susto, gusto y disgusto. Pero el despegue ventoso fue más bonito. Anochecía. Nos aseguraron que si seguía el viento y se hacía de noche no despegaríamos, porque la pista no tiene iluminación. El indicador de viento estaba henchido. Uno de nosotros, en hábil uso del idioma patrio, dice en voz alta: ‘mira qué hinchado está el condoncillo’, provocando miradas de un par de viajeros de pinta terriblemente wasp (¿sabrán castellano? ¿han entendido lo del little condom? ¿habrán veraneado en Benidorm?). En esto que viene el piloto y con una profesionalidad a prueba de bombas y como muy de Bilbao, nos dice que lleva treinta años haciendo esa ruta, conoce esas tormentas, y está seguro de que habrá periodos de calma. Basta con que cuando haya uno de ellos… corramos hacia el avión para hacer el embarque en tres minutos y salir a toda leche… Cosa que al final sucede, el pasaje corriendo hacia el avión por la pista en medio del polvo del sur, el vuelo sale y es tranquilísimo y sin problemas. Pero con los nervios a flor de piel, el personal se pone a despachar latas de cerveza que da gusto y llega entre risas a Johanesburgo.

Poco más, penosamente, puedo decir de Sudáfrica. Que fue un viaje demasiado paliza, tantos kilómetros en sólo cuatro días, aunque por lo menos no hay excusa por el jetlag, que es la misma hora acá que allá. Que como siempre, es una pena no haber visto más, al menos algo del Kruger -aunque a mí los animalitos o animalotes no me suelen decir mucho- y sobre todo, Ciudad del Cabo, one of the most beautiful cities in the world, dicen ellos. Y sí, que no me apetecería vivir aquí. Siendo blanco, parece que se puede vivir de puta madre, y eso en mi opinión parece empeorarlo, sobre todo cuando algún inmigrante (australiano en este caso) te lo comenta. Aunque con prudencia un tanto hipócrita: el gobierno tiene disposiciones políticas para que los negros puedan acceder a puestos de mayor responsabilidad, ostentar más del 51% del accionariado de las empresas…

Ah, claro. ¡Londres! Ciudad que tras Alan Moore soy incapaz de visitar sin fijarme en las miles de iglesias espantosas llenas de obeliscos fálicos y francmasones que tiene. Mismamente detrás de San Pablo hay tres de ellas alineadas como en confabulación neotemplaria. Je. Y es curioso que esta ciudad nunca se acaba, siempre hay flecos de visitas anteriores. No había estado nunca en el mercado de Covent Garden, para ver por donde se paseaba el asesino de Frenesí. Ni en el Forbidden Planet de New Oxford Street, donde estuve viendo comics modernísimos e ignotos y me sorprendió la enorme sección de comic japonés y que la mayor parte del público fuera precisamente oriental, y no necesariamente en la parte de manga/anime. Y, sobre todo, tuve la revelación Harrods. Me dije yo a mí mismo: vete a Knightsbridge y te paseas por el centro comercial ese donde venían a comprarse la ropa las neguríticas hermanas mayores de tus compañeros de clase del colegio después de abortar… Y yo que me esperaba una cosa cutre como El Corte Inglés, voy y me encuentro con un centro de mucho más lujo, pero igualmente hortero y kitsch, con un lugar increíble llamado ‘The Aegyptian Scalator’, una escalera mecánica rodeada de barrocos y egipcios motivos decorativos, que culmina en el lower ground floor con el increíble ‘The Dodi & Diana Memorial’. Señores: un retrato de Dodi y otro de Diana, ambos en marcos dorados, presiden una pirámide transparente donde se encuentran dos mementos de la llorada pareja. Uno de ellos, el anillo de compromiso que Dodi le regaló la noche anterior al accidente, un espantoso amasijo de brillantes que dudo que Diana pudiera llevar en la mano sin sufrir luxación de falanges. Y el otro, una impresionante copa tapada con una plaquita que al parecer no son sino los restos del vino blanco que la noche fatídica degustó la pareja feliz en aquel restaurante de París. Restos, desde luego, pegados asquerosamente a las paredes de la copa, y con un aspecto ciertamente infumable. Después de mi carcajada necesito tapar mi sonrisa cuando un hombre joven, árabe, me pide todo serio que por favor le haga una foto viéndose el Memorial detrás de él, después de preguntarme si eso estaba permitido. Qué cosas, me pregunto… pero le hago la foto, claro.

El (terrible) Memorial, vía aquí.

Viaje realizado en septiembre de 2004

Distancia Oviedo – Johanesburgo: 8448 Km.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *