Queridas Madames,

No sé si han apreciado la capacidad que tiene Marcel de afianzar el núcleo familiar haciendo que aquellos personajes que lo violenten sean apenas esbozados y parezcan desaparecer para el resto del texto. Cosa que obviamente no sé si sucederá. Comento esto acerca del tío del protagonista, pero sobre todo de Bloch, el amigo del narrador que le recomienda la lectura de ese para mí ignoto Bergotte, quien me ha hecho arrancar la primera e inesperada carcajada del libro. En concreto, en este diálogo que empieza por explicar por qué Bloch no iba a ser buen amigo de la familia:

Comenzó por irritar a mi padre, que al verle un día todo mojado, le preguntó con interés:
-¿Pero qué tiempo hace, amigo Bloch, ha llovido? No lo entiendo, porque el barómetro estaba muy bien.
Y no obtuvo más respuesta que ésta:
-Me es absolutamente imposible decirle a usted si ha llovido o no, porque vivo tan apartado de las contingencias físicas que mis sentidos ya no se molestan en comunicármelas
-Pero, hijo mío, tu amigo es idiota -me dijo mi padre cuando Bloch se había marchado-

El caso es que Bloch es una de las primera excusas que usa Proust para hablar de literatura en Á la recherche, ya que hacía escasas páginas le había dicho al narrador que los versos de un poema eran tanto mejores cuanto menos significaran. La ridiculización posterior del personaje parece indicar que Marcel no se sentía muy cercano a según qué experimentos artísticos de las vanguardias del momento, me temo.

En principio, estamos ante el habitual escenario sensitivo de Combray, con el narrador recordando aparentemente todo esto mientras lee en el jardín (aunque no sea domingo), el libro recomendado por Bloch, mientras sus tías le critican o Swann le confiesa que conoce al escritor. El narrador aprovecha los personajes con los que mantiene una relación emocional para introducir su visión intelectual sobre las novelas:

Aquellas tardes estaban más henchidas de sucesos dramáticos que muchas vidas. Eran los sucesos ocurridos en el libro que leía, aunque los personajes a quienes afectaban no eran ‘reales’, como decía Francisca. Pero ningún sentimiento de los que nos causan la alegría o la desgracia de un personaje real llega a nosotros si no es por intermedio de una imagen de esa alegría o desgracia; la ingeniosidad del primer novelista estribó en comprender que, como en el conjunto de nuestras emociones la imagen es el único elemento esencial, una simplificación que consistiera en suprimir pura y simplemente los personajes reales significaría una decisiva perfección. Un ser real, por profundamente que simpaticemos con él, le percibimos en gran parte por medio de nuestros sentidos, es decir, sigue opaco para nosotros y ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no es capaz de levantar. (…) La idea feliz del novelista es sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad equivalente de partes inmateriales, es decir, asimilables para nuestro espíritu.

Ideas tan wildeanas, en las que viene a decirse que sólo la ficción consigue penetrar hasta la verdad, y en la que la representación de la ‘realidad’ se da por imposible (y casi indeseable o inútil) han provocado mi primer apunte sobre el libro. Y eso que ya había superado magdalenas, catedrales, y extraños despertares en el campo.

Suya,
Madame de Borge

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