Una visita cultural por Oviedo resulta clásica al estilo castellano. Una buena catedral, que con sus edificios colindantes toma una gran extensión. Facultades universitarias de anciano origen, con claustros tranquilos para el estudio antiguo. Piedra, pero también un aspecto encalado. Viejas plazas. Iglesias. Y esculturas a cascoporro, por doquier, donde mires. Lamentablemente, el Museo Arqueológico está cerrado por restauración, y la Catedral, la de la torre de Clarín, no nos inspira lo suficiente como para pagar por la Cámara Santa y el claustro. Dentro del templo, a pesar de los infinitos parabienes de las guías (o precisamente por eso), no encuentro nada destacable, salvo el magnífico retablo, dotado de varias calles para albergar más de 20 escenas de la vida de Jesucristo. Wikipedia les cuenta la historia del asunto. Obviamente, no puede disfrutarse bien salvo iluminándolo mediante moneditas, procedimiento que por mucho que esté superado turísticamente en el país, sigue encajando bien en la psique de la Santa Madre Iglesia, ¿no?

El casco antiguo de Oviedo conserva encanto medieval y renacentista de calles, cantones, arcos y palacios. Las plazas más chic resultan ser las del Fontán (porticada, pero pequeña para una plaza Mayor, de modo que resulta muy coqueta) y la de Daoíz y Velarde (dotada de un sorprendente Mercadona, céntrico y unfructuosamente respetuoso con la fachada y sus ornamentos), ambas contiguas. El mercado está en la zona, y es (modestamente) modernista y resulta un curioso viaje repentino al Mediterráneo y a la modernidad.

Si hay un monumento verdaderamente excepcional en Oviedo, este es Santa María del Naranco. La falsa iglesia, antiguo palacio de los reyes astures que frenaron a los árabes, está a dos kilómetros del centro, en una ladera que domina una vista impresionante de la ciudad y el macizo montañoso que la acoge.

Tiene unos horarios horribles, y su visita es guiada o no es, lo cual se entiende dado que es edificio antiguo, frágil, no muy seguro, y, aunque su altura impresione y fuera ideado como salón real, su planta es pequeña. El recuerdo de fotos de mis libros de texto me induce algo de respeto por un edificio que seguramente será la construcción civil más antigua de España que se conserva completa. Me gusta que a sus alrededores se acceda con libertad; desde la carretera puede cruzarse el prado verdérrimo, respirar ante su elegancia sutil, y tocar la piedra vieja.

Desde allí también se accede a San Miguel de Lillo, que aunque está también considerada joya del prerrománico astur, se conserva en peor estado, y su reparación doscientos años después de su construcción no la dejó bien parada. Aún así, rota y pesada y rastro de un tiempo mejor, parece una pequeña y vigorosa fortaleza cuyo orgullo le impide caer.

Y queda Avilés. ¿Y quién espera algo de Avilés? Seguramente nadie. Pues bien, ese nadie no está bien informado. Con la fama que le precede, esperaba que Avilés fuera una suma de Sestao y Barakaldo, dominado por la estela de la reconversión industrial junto a un brazo de mar, y en la que dependiendo del esfuerzo por la conservación del patrimonio industrial (y el civil asociado al mismo, como las casas de obreros, por ejemplo), podría rascarse algo de interés. Pero no. Aunque en la larga entrada a Avilés junto a la ría las dársenas de Ensidesa siguen presentes, y aunque ahora mismo están construyendo allí una cúpula blanca moderna y gigantesca que resulta ser obra del viejísimo Oscar Niemeyer, el interés está en un coqueto doble barrio antiguo, dividido en una zona aparentemente más señorial y otra más tradicionalmente más pesquera.

En la zona señorial abundan los soportales, que son múltiples y de infinitos estilos, y que permiten pasear entre la lluvia asturiana (que, tras múltiples demostraciones no solicitadas de fuerza, me pregunto si no sería la primera responsable de echar al moro de la tierra) con algo de tranquilidad. El pueblo andaba revolucionado, pues era día de procesión, y pequeños pasos como los habituales en la costa cantábrica esperaban aparcados entre columnas. Algún palacio ecléctico como corresponde a un buen indiano asomaba entre estos porches de estupenda conservación, que en algunos casos conservan la zona para animales y la zona para humanos con sus diferentes suelos, y, lamentablemente, el supuestamente interesante Parque Ferreira estaba cerrado por ‘vendaval’ (¿?). En fin, moviéndose hacia el barrio pesquero se encuentra la Plaza del Mercado, una joya por su rareza: muy elevadas columnas de hierro soportan miradores porticados de inspiración marinera, y un edificio central debe cumplir las funciones de mercado tradicional. Y desde la plaza se puede subir al barrio e iglesia central de la antigua zona pesquera de esta ciudad coqueta que un día se vio arrastrada por la industria, que le cambió su reputación para siempre.

Comer en Oviedo:

Restaurante Sidrería Tierra Astur
Tabla de quesos y chuletón a la piedra (ambos maravillosos). Sitio popular, con barra y mesas, servicio rápido y amable que no hace más que llenar los vasos de sidra. Peligro de cogorza.
Restaurante La Taberna del Zurdo
Tortilla abierta de bacalao, tataki de salmón, pixín frito –viene a ser medallones de rape a una romana ligera-. Aunque todo es altamente moderno, resulta de calidad y precio excelentes
Restaurante La Goleta
Anchoas, bacalao a la brasa, alcachofas con almejas. Excelente calidad, pero muy caro y de ambiente –imitando un barco- y servicio envarados. Mesa pijovieja al lado, con dos machos alfa, dos señoras y una joven. En su conversación, impuesta a todo el local y llena de anécdotas del alto Madrid, recuerdan a Arturo Fernández.
Restaurante Faro Vidio
Sushi con foie (curioso), lechazo a la sidra (bueno), verduritas plancha (pasadas). Se publicitan como poseedores de una joya: un chaval de 18 años hijo del jefe y que estudia ahora mismo con Berasategi. Tendrá que trabajar mucho…
Distancia Oviedo-Avilés-Gijón-Oviedo: 93 kms.

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