Todo el norte se parece aunque todo el norte sea distinto. Viajar a Asturias desde Bilbao con un sevillano que lleva la promesa de que Asturias es la belleza del paisaje vasco pero agigantada resulta estimulante y frustrante. Tal vez, para quien no tiene costumbre, vistas una montaña, una playa agreste, unas colinas verdes, vistas todas. Pero, aún siendo yo mismo primo norteño, no he podido sino comparar de continuo, cometiendo el error que Bruce Chatwin achacaba al viajero no solitario.

Como Bilbao, Oviedo y Gijón están dominadas por montañas, aunque estas se hacen evidentes más bien en sus afueras, y no desde el mismo centro. Además, estas montañas no tienen comparación. Elevadas, escarpadas, nevadas en abril, prometen pasos más difíciles y aventuras más largas. No asfixian el crecimiento de las ciudades, lo suyo es vigilancia natural, y no invasión por parte del espacio urbano. Una visión que explica que se les llamara montañas de Europa al ser avistadas, supongo que a gran distancia, desde el mar.

Pero ambas ciudades respiran muy distinto. Oviedo es señorial, de aire patricio un tanto rancio, como si la sombra de Vetusta no se fuera, aunque ahora la heroica ciudad esté impoluta hasta una higiene excesiva, o como si su escasamente mayor cercanía a Castilla pesara en muros, palacios, catedral. Tiene dos cosas que se tornan molestas. Una no debería serlo: la inmensa e incongruente cantidad de esculturas de la ciudad, resultado de una inversión imagino que enorme en los años noventa, periodo de realización de la mayoría de ellas.

Uno puede empezar animado por Woody Allen, por el culo o la maternidad boterianas. Pero no poder andar sin que surja un nuevo gesto atrapado en bronces me abrumó. La información turística dice que Oviedo es la segunda ciudad española en número de escultura urbana, después de Barcelona. Claro que esta le supera en diez veces su población.

La gente se refugia ante la furia de los elementos alrededor del culo de Botero
La segunda molestia es sonora. Al alojarnos en Oviedo, no sé si sucede en otros lugares. Pero no parece normal que las campanas de la iglesia cercana al hotel tañeran cada mañana a los sones de Asturias, patria querida, en sombríos metales que me causaron incredulidad el primer día y estupefacción el siguiente al oirlos repetidos. ¿Costumbre de Semana Santa? ¿Nacionalismo musical? Curiosamente, para un visitante, Asturias puede permitirse como madre oficial de la patria que es hacer uso y abuso de sus signos y símbolos distintivos sin peligro aparente alguno de demonización nacionalista. O eso parece. Tal vez sufran más de lo debido la paternalista asociación monárquica, la de los pastelitos Letizia, la del bonito-cariño-más-especial, y ese vulgar tañir de campanas sea una especie de condena.
Gijón respira distinto. Al contrario que sus hermanas geográficas San Sebastián y Santander, sus playas no parecen haber registrado aristocracias ni visitas de mandatarios a tomar los baños. La playa de San Lorenzo desaparece sorprendentemente en apenas unas horas por efecto normal de las mareas, y no la jalonan palacios ni casonas. La playa de poniente aparece entre puertos de diferentes tipos al otro lado de la ciudad, que en una península que en su día fue isla tiene el cerro de Santa Catalina con las infinitas posibilidades fotográficas del Elogio del horizonte de Chillida.

Pero más allá de la evidencia industrial del puerto, de los inmensos depósitos de productos químicos en el horizonte de sus montes cercanos, nada recuerda especialmente a la ciudad digamos liberal, digamos rebelde, que apuntan sus ilustrados, o su historial obrero.

Tal vez un mayor movimiento en las calles, tal vez un mayor desenfado en las gentes. Pero es escaso tiempo para apreciaciones así. Más obvios son sus valores turísticos: ese barrio antiguo de Cimadevilla con aire medieval en el diseño de sus calles, y un espíritu entre pesquero y señorial (dado por dos palacios estupendos), que se abre a la ciudad nueva con una estatua de un dignísimo Rey Pelayo. Y es mejor indicar las dos visitas culturales que merece destacar, por la sorpresa que supone encontrárselos y por su calidad: las sorprendentes termas romanas del Campo Valdés, con conservación de varios elementos curiosos, y supongo que uno de los primeros museos con intención interactiva que al respecto se construyeron en España; y el Museo de Gijón, en la casa natal de Jovellanos, muy cerca de las termas, que además de la colección de pintura de la familia y las obras de varios pintores asturianos contemporáneos incluye, en prácticamente la buhardilla del museo, alejado de todo y como prefiriendo que nadie llegue a él, un impresionante conjunto escultórico en forma de relieve titulado ‘El retablo del mar’, del autor local Sebastián Miranda, que se encuentra en dos piezas: un molde de escayola de los años 30 y una en madera de los 70. La obra es apabullante en su retrato del momento de la venta de pescado en una rula, con una perfección y un detalle que sobrepasan el costumbrismo y se adentran en lo psicológico. La propia historia del retablo y sus diferentes versiones, y su superviviencia milagrosa a la Guerra Civil también resulta increíble.

La Guerra Civil está muy presente en Asturias. Supongo que puede suceder en otros sitios y no le doy importancia por ser más cercanos o estar más acostumbrado. Pienso en Gernika, por ejemplo. Pero en Asturias he encontrado muchas referencias a la Guerra Civil como motivo de pérdidas de documentos o monumentos. Me pregunto si está relevancia es incluso interesada, pues incluso en algún documento llega a leerse que la contienda en Asturias se extiende desde los sucesos de 1934 y no desde el golpe de estado de 1936. Oviedo, frente al resto de la provincia, se declaró nacional, y sufrió asedio. Y a veces parece que esa herida aún cristaliza.

Comer en Gijón:
Restaurante Ciudadela

Sepia con cebollas y ajetes (excelente)
Verduras plancha (bien)
Ternera Angus (buena) –plato pedido como redención de Viernes Santo-
Restaurante La más barata
Zona de ‘Los Arcos’
Paella (aceptable)
Viaje realizado en Semana Santa de 2010
Distancia: Berlín – Oviedo: 2248 kms.

2 comentarios en “Asturias (i). Las ciudades (i)”

  1. Excelentes fotografías, y encima con condiciones de luz complicadas. Me quedo con la pareja final. Respecto al viaje yo soy de los que no le cogen el punto a Gijón, lo siento. Me sorprendió muy agradablemente Avilés. Y bueno el punchline final de pedir paella en Asturias es como muy, como muy, como muy frances 😉

  2. Muchas gracias, Ismael!!
    En efecto, Avilés fue una sorpresa, irá en la siguiente entrada.
    Por cierto, que por francés que suene, tendré que comentarte la tradición de paellas que hay en el norte, especialmente reconocidas en Ajo, Cantabria, y su zona. No lo creo un reconocimiento demasiado justo, la verdad, pero sucede.

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