Querida Madame Proust

Creo que mi gran amiga Madame de Borge ya le alertó de mi llegada a la empresa que tanto ella como la diligente aunque silenciosa y discreta Madame de Malarrama decidieron llevar a cabo, que, como ya bien sabe, consiste en recorrer las praderas y bosques literarios que ha dejado su estimado hijo. Una empresa muy atractiva sobre todo para mí, pues, aunque ya he sido educada en lo más selecto de la literatura inglesa – y en alguna frivolidad como las historias de Charles Dickens o Jane Austen, obras ostentosamente populares que desconozco si han llegado a su biblioteca, pero que entre los divertimentos y placeres fáciles que otorgan se pueden encontrar importantes enseñanzas morales que bien podrían servir a mis hijos ¡o criaturas, los muy bandidos! si no perdieran todo el día corriendo detrás de las muchachas de su edad -, y no conozco las artes de su atractivo país más que algunos ejemplos anecdóticos. Uno de esos ejemplos lo pude conocer hace una semana, cuando me dirigía con mi hermana soltera para disfrutar de la ópera y esa semana programaban una historia terrible y voluptuosa de un tal Berlioz. ¡Vaya, qué tremebundo era lo que ocurría en el escenario, pero qué bella era la música! Recuerdo que mi hermana ya me hizo notar el insólito contraste entre el personaje tan horrible, malévolo y censurable que era la soprano y lo bellas de las melodías que debía interpretar. «¿No hubiera sido más lógico, por no decir más acuerdo a nuestros valores, que una música igual de horrible acompañase a tan grotesco personaje?». Si bien no tengo un punto de vista tan extremo al respecto, debo reconocer que sus inquietudes ante ese contraste, tan notable como el del agua y el aceite al unirse en un vaso, eran totalmente comprensibles.

Espero que lo que ha escrito Marcel no sea tan turbador como esta desafortunada obra. Tengo que confesarle, sin ir más lejos, que ya me he acercado a alguno de sus libros, ojeándolos en la librería que tenemos en Bath. «Lady Churchill, sí, tenemos este libro, y dicen damas tan instruidas como usted que es apenas una pobre imitación de Dickens». Pedí que me dejara recorrer algunas páginas del libro, y en efecto, el estilo era parecido al de Charles, pero el buen encargado no contaba con mi gran conocimiento de la lengua francesa. ¡Ah, esas tardes interminables conjugando verbos en todos los tiempos y géneros! Gracias a ello, pude hacerme con una edición importada de la mismísima Francia, que al mirarla, sí tiene esa riqueza retórica y ese olor a francés que esperaba. ¡Tuve que detenerme para no leerlo todo en una misma tarde y leer a la vez que mis amigas, fíjese lo que le digo!

Sin más, espero noticias suyas, que sus cartas siempre me llenarán de alegría y gratitud.

Madame de Churchill

P.D. tengo cierto temor a que, por el hecho de ser inglesa, me trate de una forma condescendiente con respecto a M. de Borge y de Malarrama. Sé que ellas me tienen tanto amor y cariño que ni siquiera han resaltado este hecho ante usted, y supongo de usted un conocimiento del mundo suficiente como para apreciar a todos los europeos de la misma manera, pero, para recordarle mi aprecio, le envío un par de bolsitas de nuestro mejor té adjuntos a esta carta.

Un comentario en “Té de las 5”

  1. ¡Madame de Churchill!

    Qué alborozo comprobar su pronta aportación a esta casa, y en idioma tan exquisito. Sin duda hallará usted en estas páginas refugio de tanto invento y tanta ciencia británicas. Le confieso que ando un tanto precipitado para cumplir nuestros plazos, pero a fe mía que le alcanzaré…

    Por favor, No olvide su flema en nuestra siguiente reunión.

    Besos
    Madame de Borge

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