La ciudad dividida
Estéticamente es sencillo rastrear la división de la ciudad. No es que hagan gran apología de ello. De hecho, no quedan demasiados restos del muro en pie –aunque sí suficientes-, y la línea que dibuja en el suelo por donde pasó la pared de 1961 a 1989 es cuando menos discreta. Hay en el centro tres memoriales importantes al muro en sí, en Bernauerstrasse, con el Museo del Muro, en Niederkirchnerstrasse, donde se aprovecha para la exposición al aire libre de la Topographie des Terrors (que es en alemán y que sólo tiene publicidad de audioguías en otro idioma: ¡castellano!), y en Friedrischhain, el llamado East Side Gallery, ahora simple galería de exposición de graffitis. Desde la torre de la televisión se aprecia muy bien el barrio estalinista construido en los cincuenta, con las viviendas prefabricadas, que se desperdiga alrededor de Alexanderplatz hacia la Karl Marx Alle (que en su día fuera la Stalinalle).

Se diferencia mucho de los otros barrios del este, como Prenzlauer Berg, barrio indie en el que la construcción, severa, austera, un tanto deprimente recuerda mucho al barrio de San Inazio de mi querida ciudad natal. Desarrollismo horizontal, vaya. Luego, en el centro, se ve algo muy curioso. La zona de Unter den Linden y de Friedrichstadt combina solares vacíos con reconstrucciones históricas fieles a los edificios anteriores a la guerra, más los nuevos retos arquitectónicos que la ciudad se plantea especialmente desde la reconstrucción. Es un tópico, pero decir que ciertamente parecen lugares diferentes se acerca a la realidad, y eso que ese barrio aún era Berlín Este. Más lejos, no llega a apreciarse el K’damm, en Charlottenburg, antiguo centro del Berlin Oeste, que era en su día un lugar altamente bullicioso por lo que leo, y que hoy parece reducido a un gigantesco centro comercial, donde como mucho hacerse la foto de la Gedächtniskirche o bajar a Nollendorfplatz a ver el ambientillo. Que en esta zona se encuentre un bunker nuclear construido nada menos que en 1980, visitable y todo, es casi un monumento irónico a la paranoia.

El peso de la historia
La historia pesa en Berlín. Acá se proclamó el final de la misma, cuando cayó el muro, Alemania se reunificó, y el comunismo desapareció. Ya saben, fin del viaje, ha ganado el sistema capitalista, las confrontaciones han muerto, las dialécticas también, vámonos todos a la Love Parade, yeah!. Antes, durante los años 40, se produjo la destrucción de la ciudad, posiblemente una de las más sistemáticas y fotografiadas (durante y después) de acaecer, y que en esa historia después mal asesinada se relaciona con la máquina exquisitamente diabólica que gobernó el país durante la época nazi. Las postales del Berlín antiguo siguen en los estancos y librerías, y me atrevo a decir que son de las más exitosas, puesto que casi abundan más que las fotografías actuales de la ciudad. Estas fotos antiguas se centran en tres momentos: antes de la guerra (con la Gedächtniskirche completa, o unas irreconocibles Alexanderplatz y Potsdamerplatz trufadas de edificios neoalgo y circuladas por coches de época), durante la guerra, sin escatimar ruinas o edificios en llamas como las catedrales alemana y francesa o el Reichstag, y las relacionadas con el muro de Berlín (su presencia fotográfica o los días en que se derribó).

La visita al Reichstag resulta obligada, sobre todo por ver la virguería de Norman Foster al reconstruir la vieja cúpula destrozada por incendios y bombardeos. La cola es larga, sobre los jardines en que comienza el Tiergarten y viendo de lejos la escultura de Chillida para la cancillería actual, pero se puede confraternizar con hispanoparlantes de todos los países. O con eslavos varios. O ir al camión de información del Bundestag y recoger folletos informativos esenciales para la cultura moderna, como una relación de biografías de los actuales diputados del parlamento alemán. No hay, curiosamente, tiendas de souvenirs o postales, es evidente que alguien ha legislado para que eso no exista en punto tan trufado de turistas. Cuando se consigue entrar, y antes de pasar por seguridad (sistema avión, vaya), te dejan tres minutos encerrado entre vidrios, la temperatura aumenta, y a algún desaprensivo se le ocurre comentar a ver si nos van a desinfectar o qué. Comentario reprobado por el conjunto de los asistentes, tan respetuosos ante la mole que van a visitar. La cúpula es excelente. Una columna central de filas de espejos en diferentes ángulos, que va creciendo, soporta una estructura transparente y una doble rampa en espiral por la que ir subiendo. Arriba, el soporte se abre al cielo sobre Berlín. La ciudad es algo tímida, sus edificios no son demasiado elevados para ser coqueta de veras al subir a las alturas. La torre de la televisión, ese engendro germanooriental que demostró a Berlín Occidental que nunca perderían de vista la ingeniería comunista, refleja una preciosa cruz blanca a la que según las guías los berlineses llamaron ‘la venganza del papa’. No se visita más si no hay cita previa. Abajo, pues. Eso sí, es gratuito.

Por supuesto, hay muchos sitios donde sentir que el mundo se volvió del revés en esta ciudad, y para qué negar que esto tiene su morbo turístico, por mucho que no se explicite con estas palabras. Paseando por el barrio judío, al norte de Alexanderplatz, entre algún que otro squad y restaurantes y tiendas más caritos, en el suelo frente a los portales suele haber pequeñas placas doradas con el nombre de deportados y las fechas en que se los llevaron de esas sus casas. No se le queda buen cuerpo a uno. También hay memoriales y recordatorios de las sinagogas destruidas en la Kristallnacht, además de los cementerios judíos, pero el homenaje más nuevecito es el Memorial del Holocausto, que inauguraron en mayo de 2005 durante el aniversario del fin de la guerra. Un grupo de bloques de hormigón en una cuadrícula de callejones en cuestas continuas construido en el solar de la antigua cancillería del Reich. En esa misma zona está el solar del bunker del Führer, vacío, sin recordatorio alguno. Bajando a Potsdamerplatz y yendo hacia el Checkpoint Charlie está la zona del muro del Niederkirchnerstrasse, junto a la exposición de las barbaridades himmlerianas y göbbelsianas en sus organismos varios, la Topographie des Terrors, al aire libre, entre solares que fueron antiguos ministerios del Reich, hoy tirados abajo y sin proyectos a la vista. Ni me imagino lo que tiene que ser visitar esto en invierno bajo la rasca centroeuropea. El lugar más original para sentir el horror es sin duda el Museo Judío, algo más al sur, ya en Kreuzberg (no lejos de la zona turca), un edificio de Daniel Liebeskind con un nuevo museo interactivo (proyecciones, audiciones, ordenadores, paneles para escoger, cajones para abrir, etc…) resumen de la historia de los judíos en Alemania, y con tres instalaciones de esas para acongojar, el jardín del exilio (otro conjunto de 49 bloques de cemento de unos 8 metros de altura, con árboles plantados arriba), la torre del holocausto, un habitáculo negro y cerrado con una única luz cenital a varios metros de altura y una corriente de aire que hiela los riñones y nada más porque te sales antes con más congoja que vergüenza, y una torre interior iluminada donde puedes entrar y pisar piezas con forma de caras dolientes mientras haces un ruido metálico con un eco desagradabilísimo. Que las ventanas del edificio parezcan cicatrices en forma de cruces no debe ser tampoco casualidad. En fin, una experiencia emocional más que intelectual desde luego. No lo visiten solos. O sí, tal vez sea hasta mejor…

(continuará…)

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