Frente a otros viajes, mi estancia en Berlín en agosto de 2005 tiene dos características que hacen diferente el cometido cronista. En primer lugar, es un viaje exclusivamente de placer, hecho además con todo el tiempo del mundo, en lugar de mis frenesís laborales que me han llevado por medio mundo cual gnomo de Amelie, lo cual tensiona menos las situaciones y las necesidades. En segundo lugar, yo creo que ya se ha escrito todo sobre Berlín, y a veces parece que medio mundo ha estado ya allí. A fin de cuentas, en los últimos cien años todo ha pasado en y sobre Berlín. Es la metáfora, el resumen, el epítome, del siglo XX.

Si se puede decir de otra manera, yo creo que Berlín ya no existe. Es una ciudad medieval fundada en el XIII, pero ya no tiene nada que ver con eso. En otras ciudades europeas puede rastrearse la historia, las tradiciones, las costumbres, puede considerarse que ahora se encuentran en un punto hijo de todos los demás. Sin embargo, en Berlín hay una ruptura decisiva, una destrucción masiva de la ciudad ya que la culminación de las tradiciones a que llegó fue especialmente perversa, y una reconstrucción que al contrario de la del resto de las dos Alemanias, fue y es mucho más complicada, en primer lugar porque los lugares de mayor simbología y decisión de la época nazi estaban en Berlín. En segundo, porque no fue posible refundar de veras Berlín tras la guerra, fue una clara interrupción histórica súbita y aparentemente definitiva. La ciudad se dividió, y cada hemisferio decidió reconstruir a su modo, rompiendo en ambos casos con la tradición anterior. Para completar los males, en 1961 se levantó un muro, se fundaron dos ciudades, se perdió el centro (Potsdamer Platz) alrededor de la pared dichosa, y eso fue a favor de dos nuevos centros (la Zoo Banhof y Alexanderplatz), y finalmente se refundó de nuevo en 1989 tras la caída del muro… En semejantes condiciones no es de extrañar que ésta parezca una ciudad dinámica -¡qué remedio!-, a medio hacer, ahogada de obras, con solares céntricos sin plan de construcción alguno, e incapaz de mirarse a sí misma. Uno diría que su ansia de ser alternativa, de ser joven, de ser diferente, forma parte del camino de necesaria mirada hacia delante que significa el superar la vergüenza mayor de la historia.

Por lo demás, me resulta la ciudad más cómoda y amable de las grandes ciudades europeas que conozco (entiéndase: Londres, París, Madrid, Moscú, que a veces no es que sean agresivas sino incluso hostiles), con el metro con mejores conexiones del mundo –siempre cercanísimas, siempre sincronizadas-, la menos turística de ellas en el sentido tradicional (donde de hecho sólo hay un lugar que parece de turismo del que reconocemos como ‘hija, qué asco de turismo’, el Checkpoint Charlie), y, sin duda alguna, una de las ciudades europeas con mayor presencia juvenil, con claro predominio masculino (y cabe preguntarse por qué, desde luego). Y tras este rollo necesario en cualquier pastiche o formulario sobre la ciudad, comentaré curiosidades varias del sitio.


Cinefilia, pues
No es demasiado fácil rastrear el glorioso pasado fílmico de Berlín. Acá estaban los estudios de la UFA, acá surgió el expresionismo alemán, acá se atreven a decir que el cine lo inventaron dos hermanos franceses y dos hermanos alemanes (¡!) de ignoto nombre en 1895. Lo dicen en el Filmmuseum de Potsdamer Platz, posiblemente el mejor ejemplo de la nueva museística que invade Berlín, que sigue un cierto postmodernismo interactivo que busca sorprender al visitante más que hacerle aprender algo. O bien usa esos medios para hacerle aprender, no tengo claro el concepto todavía… Este museo es lugar dedicado al repaso cinéfilo y algo superficial de la historia del cine alemán, pero donde meterse en una sala de espejos del Caligari, o entre los edificios de Metrópolis, o disfrutar de los posters originales de las obras maestras del expresionismo, o caer rendido en una sala adaptada a la colección de trajes de Marlene.

Marlene es la gran memoria cinéfila de la ciudad, su tumba está en un pequeño cementerio de un barrio del sur, cerca de la de Helmut Newton, y aunque bien arreglada, sorprende que nadie se acerque a ver más en lugar público a este pedazo de mito, que también tiene su plaza, y un bistro, y una de esas biografías de envidiar, y unas piernas con las que a mí tampoco me importaría salir al escenario, para qué vamos a negarlo. En la tienda veo por fin películas de Fassbinder, todas a más de 20 euros, ninguna con subtítulos y exclusivamente en alemán. Completemos el apartado con los cines inmensos del Berlín Oriental, el Kino International (hoy famoso por dar fiestas gays los sábados y programar los lunes las sesiones de original nombre ‘mongay’) y el Kino Kosmos, que parece fue sede de la UFA, y hoy es un multiplex en que su sala mayor tiene 1000 butacas.

El casi modesto en comparación Zoo Palast fue durante años la sede de la Berlinale, una foto recurrente de la festivalia europea. Hoy los grandes cines, los imax, los multiplexes con todos los avances del mundo mundial, están en la reconstruida Potsdamer Platz. Desde la que no estamos tan lejos de la Siegesaule, el centro casi geográfico de la ciudad (que no deja de ser el centro del parque), que es el ángel principal de El cielo sobre Berlín, la peli de Wim Wenders que tan fríamente recogía la ciudad justo antes de la caída del muro, y que ya ven qué cosas pasan, debe ser un lugar de cruising. No sé cuándo, yo sólo vi felices familias intentando zoomear al pobre ángel allá arriba, a sus 70 metros de altura, mientras evitan el tráfico y se pierden por esos frondosos bosques del Tiergarten donde sí hay más pinta de que puede pasar de todo, ejem.


Distancia Nueva Orleans – Berlín: 8261 Km.
(continuará)

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